—Te tardaste —dijo bajito—. ¿Ya comieron los niños?
Los niños. Sus nietos. Los que nunca conoció.
Y yo ahí parada, con el nombre de mi esposo en la boca de la mujer que me había sacado de su familia a los veintitrés años.
Fernando llegó diez minutos después, con una bolsa de la farmacia en la mano.
Se quedó helado en la entrada. Blanco. Nos miró a las dos —su mamá en la cama, yo parada como estatua— y la bolsa se le resbaló de los dedos. Las cajas rodaron hasta la pata de la mesa.
—Gabriela.
Nada más. Mi nombre, como una disculpa que no le cabía en la boca.
No le grité. No pude. Lo jalé al pasillo, cerré la puerta de la recámara para que ella no oyera, y ahí, en voz baja, salió de golpe todo lo que había cargado durante ocho días.
—Ocho meses sin trabajo, Fernando. Ocho meses.
—Sí.
—Nueve mil pesos todos los días 3. De la cuenta de los niños.
—La renta de aquí. Y sus medicinas.
Tragó saliva.
—Mis hermanos la metieron a un asilo. Hace un año. Fui un domingo. Estaba amarrada a una silla de ruedas en un pasillo, me gritó que la sacara de ahí. La saqué. No tenía a dónde llevarla.
En la bodega lo corrieron en febrero. Se salía a mediodía, regresaba a las tres, no le decía a nadie. El tercer extrañamiento no se lo perdonaron.
—¿Y los sábados?
—Los sábados venía para que no se muriera solita —dijo—. Eso es todo.
No era otra mujer. Era su mamá, muriéndose, escondida en un departamento rentado a espaldas de todo el mundo. A mis espaldas, sobre todo.
Y eso, en ese momento, no se lo perdonaba. Ni a él, ni a ella, ni a mí misma. Pero ya voy a eso. Porque lo que encontré en esa recámara dos horas después, junto al organizador de pastillas, me costó dieciocho años de golpe.
—¿Por qué no me lo dijiste? —le pregunté.
Levantó los ojos al techo para que no lo viera.
—¿Cómo le devuelves a alguien una muerta que ella misma enterró?
No supe qué contestar. Porque tenía razón. La abuela de mis hijos llevaba dieciocho años muerta. Yo la había matado. Con mi boca.
—Déjame verla.
Dijo que no, despacio.
—Ya casi no está aquí, Gabriela. Va y viene. A veces sabe quién soy. A veces me pregunta dónde está su mamá, que murió hace cuarenta años.
Se limpió la cara con la manga.
—Y no quiere que tú la veas así. Los días que está clara, me hace jurarlo. “No dejes que tu esposa me vea acabada. Que me recuerde como era.”
Hasta muriéndose, esa mujer y yo seguíamos peleando por lo mismo. Por el orgullo.
Entré de todos modos.
Me senté en la orilla de la cama. Olía a naftalina y a medicina. Buscó mi mano sobre la cobija, a tientas, sin verme.
—Ay, qué bueno que vino —susurró—. ¿Usted es la del seguro médico?
—Sí —mentí.
No me salía nada más.
Le tomé la mano. Estaba fría, puro huesito. Llevaba dieciocho años odiando esa mano, y ahí la estaba calentando entre las mías sin saber en qué momento se me había pasado todo ese tiempo encima.
Hay que entender de dónde venía todo esto.
Me casé con Fernando a los veintitrés años, embarazada de Lucas. El día que se lo dijimos, doña Esperanza me miró de arriba abajo en su cocina y dijo, delante de todos, que le iba a cortar las alas a su hijo. Que él tenía estudios, un futuro, y que yo lo iba a amarrar con un chamaco.
No fue a la boda. No cargó a Lucas cuando nació. Cuando Daniela cumplió un año, mandó decir con una vecina que ya la dejáramos en paz.
Y yo, a los veinticuatro años, con un bebé en la cadera y el orgullo hecho lumbre, dije la frase que partió mi vida en dos: “Esa mujer no vuelve a pisar mi casa. Y a mis hijos les voy a decir que su abuela está muerta.”
Y se los dije. Que Dios me perdone. Dieciocho años, mis hijos creyeron que su abuela paterna estaba bajo tierra.
Ahora viene lo que no le he contado a nadie. Ni a Fernando.
No es que ella nunca lo intentó.
Como al quinto año, la vecina me llamó para decirme que doña Esperanza preguntaba por los niños. Colgué.
Una vez, saliendo del kínder de Daniela, la vi parada en la banqueta de enfrente. Chiquitita. Su bolsa apretada contra el pecho. Miraba. No cruzó. Yo tampoco. Subí a mi hija al coche y me fui, y en el retrovisor ella seguía ahí, sin moverse, hasta que dio vuelta en la esquina.
Nunca me pidió nada de frente. Nunca me dijo perdón con palabras. Era demasiado orgullosa para eso.
Y yo era demasiado orgullosa para dejarla acercarse, aunque fuera de lado.
Cada quien esperando a que la otra diera el primer paso. Dieciocho años. Tercas como piedras. Igualitas.
Y voy a ser honesta, si no de nada sirve contar esto: esa misma tarde, sentada en la orilla de esa cama, había una parte de mí que quería seguir teniendo la razón. Dieciocho años de rencor no se sueltan como una bolsa del súper. Uno termina apoyándose en eso. Hasta se le agarra cariño.
Y entonces me apretó la mano, con los ojos cerrados, todavía creyendo que yo era la del seguro médico.
—¿Sabe? —dijo—. Yo tuve una nuera.
Se me paró el corazón.
—La traté muy mal cuando llegó. Tenía miedo de que me quitara al único que me quedaba.
Le faltaba el aire entre frase y frase.
—Y después ya no supe cómo componerlo. Pasaron los años y yo cada año más terca. Uno se vuelve una piedra y ya no sabe volver a ser alguien.
—¿Por qué no la buscó? —pregunté, con una voz que no era la mía.
—Porque me dio vergüenza —dijo, sencillamente—. ¿Con qué cara? Después de todo lo que le eché encima.
Suspiró.
—Si Dios me dejara decirle una sola cosa.
—¿Cuál?
Apenas salió.
—Que me equivoqué. Y que a esos niños los quise de lejos todos estos años, aunque ellos no me dejaran quererlos de cerca.
Y ahí estaba yo. La nuera. Su mano en la mía. Y cada vez que le decía “soy yo, soy Gabriela”, parpadeaba, se perdía, y me volvía a preguntar si yo era del seguro médico.