de tantos años juntos, no había motivo para dudar.
—Lo que quieras.
Ella tomó aire despacio.
—Busca a Anna, por favor. Cuando la encuentres vas a entender todo. Y perdóname… perdóname desde ya.
El nombre cayó dentro de mí como una piedra en un estanque quieto. Anna. Una mujer a la que no había visto en cuarenta años.
—Carol, ¿de qué me estás hablando? ¿Cuál Anna? ¿Perdonarte por qué?
Ella apenas movió la cabeza, con los labios apretados, como si decir una palabra más pudiera romper algo definitivo. Una enfermera apareció en la puerta y me indicó, con suavidad, que Carol necesitaba descansar. Me incliné, le besé la frente y salí al pasillo con el corazón golpeándome contra las costillas.
Una promesa hecha al borde de la muerte
Tres días después, Carol ya no estaba. La casa en Maple Street se sentía vacía de una manera que yo no sabía