Yo tenía siete años cuando entendí que el mundo podía castigar a mi hermana solo por ser diferente. Milagros, a la que todos llamábamos Mili, abdelahera apenas un año menor. Tenía rizos castaños, una risa que llenaba cualquier habitación y una cara que se iluminaba cuando alguien pronunciaba su nombre con cariño. No todos lo hacían.
Otros chicos la señalaban, imitaban su manera de hablar y se reían cuando le costaba seguir el ritmo de los juegos. Yo me paraba delante de ella como un escudo diminuto, con los puños apretados.
Tomás, mi mejor amigo desde el jardín de infantes, era el único que nunca dudó. Cuando armaban equipos en el recreo, elegía a Mili antes de que nadie pudiera dejarla sola. Cuando se le cayó la bandeja en el comedor y medio salón se rio, él se sentó en el piso a su lado y se comió el sándwich