Mi esposo me pidió 300 MIL llorando: su apá se moría. Y me PROHIBIÓ poner un pie en el hospital. Mi CLAVE se la sabía mejor que yo.

Me apretó la muñeca dos veces y me soltó. Se metió a su casa sin despedirse y cerró el zaguán con el pie.

Yo me quedé sentada en esa banqueta hasta que se hizo de noche, pensando que orgullo y decencia no son la misma cosa, y que a esa señora ya nada más le quedaba una de las dos.

Esa noche, a las once cuarenta, mandé el mensaje.

Uno solo, como dije.

Liberé nada más la tarjeta adicional a nombre de Matilde Ruvalcaba, con límite de doce mil pesos, exclusivo para el hospital. Todo lo demás quedó congelado. El plazo fijo, la mancomunada, las tarjetas de él. Todo.

Le pagué la quimio a la mujer que se quedó callada cinco años mientras me vendían.

Que me juzgue quien quiera. Yo me juzgué toda la noche.

A las doce le hablé a un cerrajero de guardia y le pagué el doble por venir a esa hora. Cambiamos la chapa del zaguán de la casa de mi apá.

A la una saqué la ropa de Rodrigo en bolsas de mandado. No rompí nada. Doblé todo, hasta los calcetines, porque yo así soy y no me lo voy a quitar a los cuarenta y un años.

A las dos le escribí al licenciado que me recomendó Paola para cancelar la cita del jueves.

Y a las tres me acordé de que en cinco años nunca supe cuánto ganaba mi marido.

El lunes fui a la clínica. No a buscarla. Nada más a asegurarme de que la tarjeta hubiera pasado, porque a mí esas cosas me dan desconfianza.

La muchacha de la ventanilla buscó el apellido dos veces.

—Ruvalcaba Matilde. Aquí no aparece nada para hoy.

—Su quimio, señorita. La de los lunes.

Volteó la pantalla hacia mí, como para que yo misma lo viera.

—Señora, ella firmó su alta voluntaria. No viene desde el 3 de febrero.

El 3 de febrero fue el domingo del mole.

Me tuve que agarrar del mostrador. Le pedí una silla y me la dieron.

Siete meses. Siete meses de lunes a las siete y media, con su bolsa de mandado, subiéndose al camión sola.

En la tarde le hablé al banco para preguntar qué eran los ochocientos cincuenta pesos del día cinco.

Despacho Rentería y Asociados. Calle Morelos 118, arriba de la papelería.

El licenciado Rentería es un señor chaparrito, de bigote, con un ventilador de pedestal en la esquina. Le dije mi nombre y no me preguntó nada. Se levantó, abrió un archivero y sacó un fólder amarillo, gordo, amarrado con un cordón.

Traía mi nombre completo escrito a mano.

Adentro estaba la copia certificada de las escrituras de la casa de mi apá. El acta constitutiva de la empresa. El estado de cuenta de los adeudos. La tasación de la casa que Rodrigo mandó hacer. Y las capturas de once transferencias de la empresa a una cuenta personal, con fechas.

—La señora venía cada lunes —me dijo—. Ochocientos cincuenta pesos por consulta. A veces traía nada más quinientos y me pedía que le fiara.

—¿Desde cuándo?

—Desde febrero. Ella traía prisa.

Y luego lo dijo, mientras acomodaba el cordón:

—Su cita era hoy a las nueve. La agendó a nombre de usted.

Nueve de la mañana. Yo a esa hora estaba en la ventanilla de la clínica, peleándome con una muchacha por una quimioterapia que ella canceló hace siete meses.

Los lunes no iba a la quimio.

Los lunes venía aquí, con mis ochocientos cincuenta pesos, a juntarme los papeles con los que hoy no me pueden quitar la casa.

Por eso nunca dejó que nadie la llevara. Por eso el suéter en agosto. Por eso el mole de seis horas y el cuaderno a mano, y “guarda siempre algo tuyo, mija”, y la mano apretada dos veces en la banqueta.

Y por eso me dijo que no le mandara ni un peso.

El miércoles la internaron.

Fui el jueves, a la hora que el jueves yo iba a estar firmando una hipoteca en la notaría 43. Estaba amarilla y muy chiquita en esa cama, con el suéter doblado en la silla.

Le pregunté por qué. Se lo pregunté tres veces, y a la tercera se lo pregunté feo, llorando, como se le pregunta a una madre.

Abrió los ojos.

—¿Ya fuiste con el licenciado?

Le dije que sí.

Cerró los ojos otra vez y me apretó la mano dos veces.

No me lo explicó nunca.

No sé si dejó el tratamiento por juntarme esos papeles, o si ya la habían mandado a su casa y con el tiempo que le quedaba nada más escogió en qué gastarlo. Se lo he preguntado a la enfermera, al licenciado, a Diosito a las tres de la mañana.

Nadie me va a contestar eso.

La casa de mi apá sigue a mi nombre. La chapa nueva la tengo yo.

Y el plazo fijo sigue ahí, completito, los trescientos mil.

Le cambié la clave. Antes eran seis números de un día de julio, del entierro de mi papá.

Ahora son seis números de un domingo de febrero.

Todavía no hago el mole. No me ha salido el valor de sacar el cuaderno y sentarme seis horas con esa letra que es mía.

Pero el suéter café me lo traje del hospital, y está en el ropero de mi cuarto, y no lo he lavado.

Y algo me dice que alguien que me está leyendo también tiene guardada una prenda que no lava, y una pregunta que nunca le alcanzó a hacer a la persona indicada.

Ochocientos cincuenta pesos al mes. Siete meses.

Yo pagué esa tarjeta sin revisarla.

Ella nunca me lo dijo.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *