Las lágrimas caían sobre el papel.
Pero todavía quedaba una última página.
«No te pido que me perdones inmediatamente. Ni siquiera sé si tengo derecho a pedírtelo.»
«Solo te pido una cosa.»
«No castigues a Thomas por mi cobardía.»
Miré al hombre que estaba frente a mí.
De pronto ya no veía a un desconocido.
Veía algo de Harold en cada gesto.
La forma en que juntaba las manos cuando estaba nervioso.
La manera en que inclinaba ligeramente la cabeza.
Incluso aquel pequeño movimiento de las cejas cuando intentaba contener las lágrimas.
Harold estaba allí.
De alguna manera extraña, una parte de él seguía delante de mí.
Terminé la carta.
«Hay algo más dentro de la caja. Es lo único que nunca tuve valor para enseñarte mientras estaba vivo.»
Thomas pareció confundido.
—¿Qué cosa?
—No lo sé.
Comenzamos a retirar juntos las fotografías y documentos.
Debajo de todo encontramos una pequeña caja metálica.
Tenía escrito:
1964–2026
La abrí.
Dentro había decenas de sobres.
Uno por cada año de nuestro matrimonio.
Continuaban hasta 2026.
Todos llevaban mi nombre.
Cogí el primero.
Era una carta que Harold había escrito durante nuestro primer año de matrimonio.
El segundo contenía una fotografía de nuestro primer apartamento.
Otro guardaba una nota del día en que nació nuestro hijo mayor.
Había entradas de cine, fotografías familiares, flores secas y pequeñas cartas que Harold había ido guardando durante toda nuestra vida.
Pero el último sobre era diferente.
Decía:
«Para cuando yo ya no esté.»
Lo abrí.
Solo había una página.
Y una dirección.
Debajo, Harold había escrito:
«Margaret, si después de conocer toda la verdad todavía quieres cumplir mi último deseo, ve allí el próximo domingo a las doce.»
Miré a Thomas.
—¿Sabes qué hay en esta dirección?
Por primera vez desde que había aparecido, pareció realmente sorprendido.
—No.
Guardé la carta.
Pensé que después del garaje ya no quedaban más secretos.
Pero Harold todavía había preparado una última cosa.
Y aquella vez ni siquiera Thomas sabía qué era.