Con los años, la parcela prosperó, el manantial siguió fluyendo, y el desierto se transformó en un jardín donde la vida brotaba a cada paso.
Y cuando Teresa, ya con canas, se sentaba al atardecer observando a sus nietos jugar junto al agua, entendía por fin el verdadero secreto de aquella tierra:
No era solo una fuente escondida bajo la superficie.
Era una lección para quien se atreve a cavar profundo, con fe, con trabajo honesto y con valentía para seguir, incluso cuando todos se ríen.
Porque a veces, el mayor tesoro no está en la superficie.
A veces espera abajo, escondido, para quien tiene la paciencia, el coraje y el corazón para encontrarlo.