La expresión de Doña Rosa se endureció, con los ojos entrecerrados de incredulidad. “No te atrevas a hablarme en ese tono, Lucía. Ya hemos renunciado al contrato de alquiler de apartamentos. ¿A dónde esperas que vayan tu hermana y sus hijos? ¡Tienes dos habitaciones ahí! Tienes este lugar usando dinero que vino de la trágica muerte de Andrés, por lo que pertenece a toda la familia ahora. ¡Desbloquea esta puerta en este instante!” 🔑
Tomás se acercó detrás de Doña Rosa, sosteniendo un gran rollo de cinta y luciendo molesto. “Vamos, Lucía, no lo hagas difícil. Hemos estado conduciendo desde la mañana temprano. Solo abre para que podamos establecernos”.
“Esta casa es mía,” respondió Lucía con firmeza. “Mi nombre está en la escritura, y mi hija es mi prioridad. Me estoy recuperando de la cirugía y necesito paz para cuidar a Emilia. No voy a abrir la puerta”.
Doña Rosa dio un paso adelante, presionando su rostro cerca de las barras de hierro. “¡Chica obstinada! ¡Soy tu madre! Te he criado y me debes respeto. Si no abres esta puerta ahora mismo, llamaré a las autoridades del vecindario, y me aseguraré de que todos sepan qué tipo de hija desagradecida eres. ¿Crees que puedes vivir alto y poderoso mientras tu hermana no tiene a dónde ir? Emilia es mi nieta, ¡y tengo derechos legales para estar en su vida y en esta casa!” 👤
Antes de que Lucía pudiera responder, el suave ronroneo de un sedán oscuro anunció otra llegada. El coche se detuvo justo detrás de la camioneta cargada de Tomás. La puerta lateral del conductor se abrió, y un hombre alto con un traje a medida salió, llevando un maletín de cuero oscuro.