Una mujer sacó el móvil.
Un corredor se quitó los auriculares.
Sergio señaló la inscripción de la banca.
—¿Ve eso? “Solo residentes.” ¿Usted vive aquí?
—El parque es público —respondió don Manuel—. Estoy esperando a mi familia. No estoy molestando a nadie.
—Me está molestando a mí.
Una madre joven, nerviosa, dio un paso adelante.
—Agente, el señor no está haciendo nada.
Sergio giró la cabeza como un perro rabioso.
—Señora, no se meta. Esto es trabajo policial.
La mujer retrocedió.
Pero no guardó el móvil.
Don Manuel dobló el periódico con cuidado.
En la portada había una noticia sobre una nueva investigación nacional contra abusos de autoridad.
La ironía era tan grande que casi dolía.
Encima de la farola, una cámara de seguridad giró levemente.
Reconocimiento facial activado.
Dos segundos después, en una pantalla a muchos kilómetros de allí, apareció una alerta roja:
“Manuel Rivas. Director general de la Agencia Nacional de Investigación. Prioridad Alfa.”
En la capital, la subdirectora Elena Vera recibió el aviso en su teléfono.
Lo leyó una vez.
Luego otra.
Después tomó la línea directa.
—Equipo federal preparado. Director Rivas localizado fuera de servicio en el Parque de la Ribera. No intervengan todavía. Vigilen de cerca.
Tres camionetas negras salieron del edificio central sin sirenas.
Sin luces.
Sin ruido.
Don Manuel sintió vibrar su móvil dentro del chaleco.
No lo miró.
Ya sabía quién era.
Y también sabía que todo acababa de empezar.
Sergio perdió la paciencia.
—Arriba. Ahora.
Don Manuel se puso de pie despacio, con las manos visibles.
—Estoy colaborando.
—Claro que sí.
Sergio le arrancó el periódico de las manos, lo partió por la mitad y se lo lanzó a la cara.
Las hojas cayeron sobre el césped.
Una niña de cinco años empezó a llorar.
—Mamá, ¿por qué le habla así?
La madre la abrazó fuerte.
Don Manuel levantó las manos un poco más.
—No me estoy resistiendo.
Sergio lo empujó con ambas manos.
Fuerte.
Don Manuel tropezó y se golpeó la espalda contra la banca.
El parque entero soltó un grito.
No era un procedimiento.
Era abuso.
Entonces apareció el inspector Ricardo Cruz, jefe de Sergio, caminando como si ya supiera cómo terminaría todo.