Marta se tapó la boca.
—Esto no es un mal agente. Es una red.
Javier miró los monitores de seguridad.
Una luz roja parpadeaba en todas las cámaras.
—Esas luces no son nuestras.
—¿Qué significa?
Javier revisó el acceso.
Alguien había entrado de forma remota al sistema a las dos y media de la tarde.
Dos horas antes del arresto.
Nivel federal.
Marta entendió antes de que él lo dijera.
—Nos estaban mirando.
Javier asintió.
—Y siguen mirando.
Copiaron los archivos en dos memorias.
Una para Marta.
Una para Javier.
—Si esto se hunde —dijo ella—, nos hundimos haciendo lo correcto.
Javier recordó las palabras de don Manuel siete años atrás:
“La integridad no es cómoda. Es necesaria.”
Salieron por separado.
Al pasar frente a la celda, Javier miró a don Manuel.
Don Manuel abrió los ojos.
Le hizo un gesto mínimo con la cabeza.
Javier respondió igual.
No hicieron falta palabras.
En la capital, Elena Vera miraba las cámaras en directo.
La alerta suprimida apareció en su pantalla.
Luego el intento de borrado.
Luego el traslado a la celda.
Su café se derramó sobre el escritorio cuando leyó la línea final:
“Director Rivas detenido. Alerta federal bloqueada por autoridad local.”
Tomó el teléfono directo.
—Fiscal general, tenemos una situación.
La voz del otro lado respondió al segundo tono.
—Diga.
—El director Rivas está detenido en una comisaría municipal. Arresto fuera de servicio. Suprimieron una alerta Alfa. Tenemos vídeo, audio y registros.
Hubo silencio.
Luego una voz fría:
—Movilice al equipo. Sin sirenas hasta estar encima. Quiero que los vean llegar y entiendan que se acabó.
Elena ya estaba de pie.
—Tiempo estimado: doce minutos.
—Vaya. Si el director está en peligro, lo sacan. Si no, déjenlo manejarlo a su manera. Conociéndolo, esto no empezó hoy.
Tres camionetas negras y dos vehículos federales entraron en San Miguel del Río sin hacer ruido.
Elena llamó a la comisaría.
—Policía municipal, buenas tardes.
—Subdirectora Elena Vera, Agencia Nacional. Comuníqueme con el inspector Ricardo Cruz. Emergencia federal.
La voz de la recepcionista cambió.
—El inspector está ocupado.
—Tiene treinta segundos para pasármelo antes de que agentes federales entren por esa puerta y la incluyan en una investigación por obstrucción.
Hubo un clic.
Luego otro.
—Inspector Cruz —dijo Ricardo, molesto—. ¿Qué ocurre?