Elena no perdió tiempo.
—Tiene bajo custodia al director general Manuel Rivas. Suprimió una alerta Alfa. Tiene seis minutos para liberarlo antes de que llegue con cuarenta agentes y convierta su comisaría en una escena federal.
Ricardo dejó de respirar un segundo.
—Subdirectora, ha habido una confusión.
—La confusión ocurrió en el parque. El delito ocurrió cuando vio la pantalla y cerró el portátil. Tenemos los registros. Tenemos las cámaras. Tenemos todo.
—Podemos arreglar esto.
—No. Puede usar los próximos cinco minutos para llamar a un abogado.
Elena colgó.
Ricardo se quedó mirando el teléfono muerto.
Alberto Flores entró por la puerta lateral, pálido.
—¿Era la Agencia?
Ricardo no pudo mentir.
—El hombre de la celda es Manuel Rivas.
Alberto se dejó caer en una silla.
—¿El director?
—Sí.
—¿Y lo sabías?
Ricardo no contestó.
Alberto cerró los ojos.
—Idiota.
—Pensé que podía controlarlo.
—¿Controlar una alerta federal? ¿Al director de investigación del país? ¿En serio?
Sergio apareció en el pasillo.
—Inspector, ¿qué está pasando?
Ricardo lo miró como si acabara de verlo por primera vez.
Como si Sergio ya no fuera su protegido, sino la piedra atada a su cuello.
—Traedlo a interrogatorios.
Sacaron a don Manuel de la celda y lo sentaron frente a ellos.
Ahora las esposas estaban delante.
Un gesto pequeño.
Desesperado.
Ricardo intentó sonar firme.
—Señor, ha habido una confusión de identidad. Si coopera, podemos resolver esto rápido.
Don Manuel lo miró con una calma que dolía.
—¿Cooperar? Llevo casi una hora cooperando mientras usted viola mis derechos, suprime alertas federales y convierte un abuso policial en conspiración.
Sergio palideció.
—Inspector, ¿de qué habla?
Ricardo golpeó la mesa.
—Cállate, Molina.
Don Manuel giró apenas la cabeza hacia Sergio.
—El agente Molina quiere saber de qué hablo. Hablemos, entonces.
La sala quedó en silencio.
—Usted me arrancó un periódico de las manos. Me lo lanzó a la cara. Me empujó contra una banca. Me obligó a arrodillarme delante de ochenta testigos, incluida una niña de cinco años que lloraba preguntando por qué el policía era tan malo. Me golpeó la cabeza contra la puerta del coche. Todo está grabado.
Sergio retrocedió.
—Yo no sabía quién era usted.
—Eso no lo hace inocente. Solo demuestra que trata así a la gente cuando cree que nadie puede defenderse.