Walter se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Walter miró la cesta.
—Nuestra madre las guardó. No me enteré hasta mucho después. De lo contrario, las habría enviado yo misma.
—¿Por qué?
—Rose se puso muy enferma mientras tú estabas en el extranjero.
La voz de la abuela se tensó.
—Mi madre decidió que ya tenías bastante carga. Estabas en el extranjero, Walter. Pensó que ya tenías suficientes preocupaciones. Pero cada vez que Rose le entregaba otra carta, ella prometía enviarla por correo.
—De lo contrario, las habría enviado yo misma.
Walter se quedó mirándola fijamente.
—Así que Rose creía que yo las leía.
—Sí.
—¿Y cuando no respondía?
—Pensaba que te había pasado algo.
Walter se aferró al reposabrazos de su silla.
—Rose creía que yo las leía.
—No le correspondía a tu madre tomar esa decisión.
—No. No le correspondía.
—¿Llegó a enterarse Rose?
—No mientras seguía escribiendo.
La abuela tocó el borde de la cesta.
—Siguió creyendo que una de esas cartas te traería de vuelta.
—No. No le correspondía.
Walter miró los sobres.
—¿Y tú? —preguntó Walter.
La abuela bajó la vista hacia la cesta.
—Yo era más joven. No supe lo que mamá había hecho hasta después de que Rose muriera.
El rostro de Walter se tensó.
—¿Y entonces?
—La confronté.
El rostro de Walter se tensó.
—¿Y?
—Dijo que nos había protegido a ambos.
Walter soltó una risa breve y amarga.
—¿Haciéndonos creer que nos habíamos abandonado el uno al otro?
La abuela asintió.
—Le dije que proteger a alguien no debería implicar arrebatarle su capacidad de decidir.
Observé cómo las manos de la abuela se apretaban entre sí.
—Dijo que nos había protegido a ambos.
—¿Qué hiciste después de eso? —pregunté.
—Intenté encontrarte. Escribí a tu última dirección y pregunté por ahí.
Walter levantó la vista.
—¿Me buscaste?
—Claro que sí.
La abuela tocó la cesta.
—¿Me buscaste? «No recibí respuesta, salvo mi propia carta. Luego nuestra familia se mudó y, con el tiempo, perdí el rastro».
Walter permaneció en silencio.
«Así que conservaste todo».
«Le prometí a Rose que, si alguna vez regresabas, te diría que nunca dejó de quererte».
Él miró las cartas.
«Lo hiciste. Cumpliste esa promesa, Penny».
«Pasaron sesenta años».
«Así que conservaste todo».