Le Dio Un Riñón A Su Esposo Y Él Volvió A Una Casa Que Ya No Existe-dynana

Víctor seguía sin saber que ya no había una casa que entregar.

Cuando finalmente recibió autorización para salir, pidió que Ana fuera por él.

La enfermera que tomó el mensaje volvió unos minutos después.

—Su esposa no vendrá.

Víctor frunció el fruncido.

—¿Habló con ella?

—Se dejó el aviso en el número registrado.

 

No hubo más explicación.

Víctor llamó otra vez.

Ana dejó sonar el teléfono hasta que se apagó.

Entonces él hizo lo que todavía le resultaba más fácil que aceptar un rechazo: llamó a Rita.

Ella llegó poco después.

Víctor llevaba una bolsa con sus cosas, algunos documentos médicos y el anillo de Ana guardados en un bolsillo interior de su chamarra.

 

Durante el trayecto habló poco.

Rita, en cambio, preguntó dos veces si Ana había dado señales de querer discutir la propiedad.

—Eso lo arreglo después —dijo Víctor.

—Me dijiste que estaba hecho.

—Dije que lo iba a hacer.

La diferencia no le gustó a Rita.

Víctor apoyó la cabeza contra el asiento.

 

Todavía creía que el problema más grande que lo esperaba era una esposa ofendida.

Al acercarse a la calle, empezó a notar movimiento frente a la propiedad.

Primero vio una sección ennegrecida.

Luego distinguió las ventanas sin vidrios.

Después apareció el hueco oscuro donde antes estaba una parte del segundo nivel.

 

Víctor pidió que detuvieran el coche.

Rita dejó de hablar.

Durante varios segundos ninguno de los dos abrió la puerta.

La casa de tres niveles que Víctor había descrito con tanta seguridad desde su cama de hospital estaba convertida en una estructura quemada, húmeda y parcialmente acordonada.

El jardín tenía restos ennegrecidos.

 

Una pared estaba manchada de humo.

El garaje seguía ahí, pero ya no parecía la entrada de la propiedad que Víctor había usado como moneda para comprar tiempo con Rita.

— ¿Qué pasó? —preguntó ella.

Víctor no respondió.

Bajó con dificultad.

Cada paso le recordaba que apenas estaba saliendo de un trasplante, pero siguió avanzando hasta que Teresa lo vio desde su casa.

 

La mujer cruzó la calle.

—Don Víctor.

—¿Dónde está Ana?

Ni siquiera preguntó primero por el incendio.

Teresa lo notó.

—No sé dónde está viviendo.

—Ella estaba aquí cuando empezó esto?

Teresa tardó apenas un segundo en comprender la acusación escondida en la pregunta.

—Ana salió antes.

Víctor levantó la vista.

 

—¿Está segura?

—La vi con su maleta.

Teresa señaló hacia la avenida.

—Estuvo esperando el autobús del otro lado. Después vimos el resplandor y empezamos a gritar.

Rita se acercó unos pasos.

—Entonces, ¿se quedó sola?

Teresa la miró sin saber quién era.

—Yo sólo le estoy diciendo lo que vi.

 

Eso bastó para destruir la primera explicación de que Víctor había comenzado a construir en su cabeza.

Si Ana había provocado el incendio, Teresa acababa de colocarla fuera de la propiedad antes de que las llamas fueran visibles.

Aún así, Víctor necesitaba culpables.

Necesitaba que alguien hubiera hecho aquello contra él, porque aceptar que su vida se había desordenado sin pedirle permiso era mucho más difícil.

 

—Ella sabía algo —murmuró.

Rita lo escuchó.

—¿Qué quieres decir?

—Se llevaron sus cosas antes.

Teresa intervino.

—Se llevó una maleta.

—Exactamente.

—Una maleta, don Víctor. Sus muebles seguían adentro.

Víctor guardó silencio.

Teresa había visto salir a Ana cargando fotografías, papeles y objetos personales, pero también había visto las habitaciones todavía llenas.

 

Nadie que estaría intentando salvar deliberadamente todo lo suyo habría dejado atrás décadas de pertenencias.

Rita volvió la mirada hacia la casa.

Su siguiente pregunta llegó demasiado rápido.

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