adoraba porque la otra nunca habló. Cada idea me hacía odiarme un poco más.
Mis padres, que revisaban cada decisión de Mili, sus amistades, su dinero y sus turnos médicos, recibieron el compromiso con una alegría sospechosa. Papá le estrechó la mano a Tomás y le dijo: «Elegiste bien». En ese momento pensé que se refería a Mili. Más tarde entendí lo que quería decir en realidad.
La noche del hospital
Tres años después, Mili estaba embarazada de mellizos y su casita amarilla se había vuelto un hogar común y hermoso. Yo había conocido a Andrés, un hombre que nunca la trató como frágil ni como inspiradora por el simple hecho de existir, y el rencor que cargaba empezaba a aflojarse.
A las treinta y cuatro semanas, su presión se disparó y Tomás me llamó desde el Sanatorio Santa Clara, en Rosario, con la voz quebrada. Los bebés nacieron prematuros