VOLVÍ A VER A MI EX EN UN ASCENSOR… Y LA PRIMERA COSA QUE PREGUNTÓ FUE: “¿ESA NIÑA ES TU HIJA?”
Cinco años sin verlo.
Cinco años convenciéndome de que aquella historia estaba enterrada.
Y bastaron diez segundos dentro de un ascensor para que todo regresara.
Adrian Cole se quedó inmóvil al verme.
Después bajó la mirada hacia la niña dormida entre mis brazos.
—¿Es tu hija?
No era una pregunta absurda.
Lily tenía mis mismos ojos, mi nariz y hasta el pequeño hoyuelo que se me formaba al sonreír.
Tragué saliva y asentí.
—Sí.
No me atreví a mirarlo otra vez.
El ascensor se detuvo en otro piso y entraron varias personas. Quedamos apretados contra la pared.
Entonces Adrian hizo algo que no esperaba.
Sin decir una palabra, giró el cuerpo y usó su espalda para crear un pequeño espacio alrededor de Lily y de mí, protegiéndonos de los empujones.
Exactamente como hacía conmigo años atrás.
—Gracias —murmuré.
Sus ojos se clavaron en los míos.
Fríos.
Profundos.
Imposibles de descifrar.
Cuando las puertas se abrieron, salí casi huyendo.
—Mamá.
Lily levantó la cabeza y señaló detrás de mí.
—El señor del ascensor viene con nosotros.
Me giré.
Era Adrian.
Sentí un escalofrío.
Estábamos en pediatría.
¿Qué hacía él allí?
Se acercó con las manos dentro de los bolsillos de su bata blanca.
—¿Viniste sola?
No respondí.
Tomé a Lily con más fuerza y seguí caminando.
—Elena.
Su voz me detuvo.
No era alta, pero atravesó cinco años de silencio como si nunca hubieran existido.
—Mamá, ¿conoces a ese doctor?
—No es nada, cariño.
Mentí.
Adrian caminó detrás de nosotras.
—¿Con qué especialista tienes cita?
—Pediatría.
—¿Con qué médico?
Miré por fin el papel que había descargado aquella mañana.
Y sentí que el suelo desaparecía.
Dr. Adrian Cole.
De todos los pediatras de aquel hospital, había reservado cita precisamente con mi ex.
El hombre al que abandoné cinco años antes sin darle una explicación.
El hombre que jamás debía descubrir quién era realmente el padre de Lily.
Adrian tomó el expediente de mis manos.
—Lily Hayes. Cuatro años y seis meses.
Su bolígrafo se detuvo.
Solo un segundo.
Pero yo lo vi.
Después levantó lentamente la mirada.
—¿Cuatro años y medio?
—Sí.
—¿Dónde está su padre?
Mi corazón golpeó con violencia.
—No está.
—Necesito saber sus antecedentes familiares. Alergias. Enfermedades hereditarias. Problemas cardíacos. Asma.
—No tiene nada importante.
Adrian me observó durante demasiado tiempo.
Luego se acercó a Lily.
Y todo en él cambió.
Su voz dejó de ser fría.
—A ver, princesa. Abre grande la boca.
—¿Como un cocodrilo?
Por primera vez, vi a Adrian sonreír.
—Exactamente como un cocodrilo.
Lily abrió la boca exageradamente y él soltó una pequeña risa.
Aquello me destrozó.
Adrian siempre había sido brillante, reservado, casi inaccesible. Durante nuestros años juntos jamás lo había imaginado tratando a un niño con tanta ternura.
Cuando apoyó el estetoscopio en la espalda de Lily, ella se estremeció por el frío.
Él retiró inmediatamente el instrumento, lo calentó entre sus manos y volvió a colocarlo.
Lily lo miró fascinada.
—Doctor Adrian, tienes las manos calientes.
—Es parte del tratamiento.
—Me caes bien.
Adrian levantó los ojos.
Directamente hacia mí.
Tuve que apartar la mirada.
Después de terminar la revisión, su expresión se volvió seria.
—Tiene una infección y está algo deshidratada. Quiero dejarla hospitalizada cuarenta y ocho horas.
—¿Hospitalizada?
—Elena.
Su voz se endureció.
—Soy su médico.
No pude discutir.
Una hora después, Lily dormía conectada a una vía intravenosa en una habitación privada.
Yo permanecía sentada junto a ella cuando la puerta se abrió.
Adrian entró con un termo.
—No has cenado.
—No tengo hambre.
—Tienes una hija enferma. No puedes permitirte desmayarte.
Sirvió un poco de sopa y la puso delante de mí.
Cinco años atrás había hecho exactamente lo mismo cuando yo estudiaba hasta madrugada.
Probé una cucharada.
Seguía recordando lo que me gustaba.
Eso fue peor que cualquier reproche.
Durante varios minutos ninguno habló.
Hasta que Adrian preguntó:
—¿Has sido feliz?
Apreté la cuchara.
—Sí.
—¿Y él?
Sabía perfectamente a quién se refería.
Al hombre por el que creyó que lo había abandonado.
Podía decirle la verdad.
Podía decirle que nunca hubo otro hombre.
Pero miré a mi hija dormida.
—Me trata muy bien.
La mandíbula de Adrian se tensó.
—Entiendo.
Terminó recogiendo el termo y se marchó sin decir nada más.
Creí que aquella noche había terminado.
Me equivoqué.
Cerca de las dos de la madrugada, Lily comenzó a llorar.
La fiebre había subido.
Adrian entró corriendo con dos enfermeras.
Mientras revisaba el monitor, Lily, medio dormida, alargó los brazos hacia él.
—Doctor Adrian…
Él se inclinó.
—Estoy aquí.
—Mamá dice que mi papá también era doctor…
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Adrian se quedó completamente quieto.
Y Lily, con la inocencia cruel de los niños, terminó de decir:
—Pero nunca lo conocí.
Entonces Adrian levantó la cabeza.
Sus ojos se encontraron con los míos.
Y esta vez ya no había frialdad en ellos.
Había sospecha.
—Elena…
Miró otra vez la fecha de nacimiento escrita en el expediente.
Después calculó algo mentalmente.
Yo supe exactamente qué estaba haciendo.
Cinco años separados.
Una niña de cuatro años y medio.
Adrian cerró lentamente la puerta de la habitación.
—Necesitamos hablar.
Y por la manera en que me miró…
supe que mi secreto acababa de empezar a derrumbarse.
PARTE 2