PARTE 2
Adrian cerró la puerta con suavidad.
El clic de la cerradura sonó demasiado fuerte en aquella habitación silenciosa.
Lily se había quedado nuevamente dormida después de que la medicación comenzara a hacer efecto. Su respiración era tranquila, su pequeña mano descansaba encima de la sábana y las luces del monitor pintaban destellos verdes sobre su rostro.
Yo permanecía de pie junto a la cama.
Adrian estaba frente a mí.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
—¿Cuándo nació?
—La fecha está en el expediente.
—Quiero escuchártelo decir.
Sentí un nudo en la garganta.
—El diecisiete de febrero.
Adrian cerró los ojos.
Solo por un instante.
Cuando volvió a abrirlos, ya había hecho todas las cuentas.
—Terminamos en junio.
No respondí.
—Te fuiste de Chicago el veintinueve de junio, Elena.
Recordaba la fecha exacta.
Eso me dolió más de lo que esperaba.
—Adrian…
—Y Lily nació ocho meses después.
Su voz era baja.
Peligrosamente baja.
—Fue prematura.
La mentira salió demasiado rápido.
Él soltó una risa breve, sin humor.
—Soy médico.
Silencio.
—También sé leer una historia clínica.
Se acercó al expediente que descansaba sobre la mesa, pasó unas páginas y señaló un apartado.
—Peso al nacer: tres kilos cuatrocientos gramos. Embarazo de treinta y nueve semanas.
Sentí que las piernas me flaqueaban.
Había olvidado que esos datos aparecían allí.
Adrian levantó lentamente la vista.
—Te lo voy a preguntar una sola vez.
Mi respiración se volvió superficial.
—¿Lily es mi hija?
No contesté.
—Elena.
—No hagas esto ahora.
—¿Es mi hija?
—Está enferma.
—Precisamente por eso necesito saberlo.
—Adrian…
Golpeó el escritorio con la palma abierta.
No con fuerza suficiente para despertar a Lily, pero sí para hacerme estremecer.
—¡Cinco años!
Su voz se quebró.
Fue la primera vez en toda aquella noche que dejó de parecer el doctor Cole.
El hombre sereno.
El especialista respetado.
El médico que podía controlar cualquier emergencia.
De pronto solo era Adrian.
El hombre al que yo había amado.
—Cinco años, Elena.
Sus ojos estaban enrojecidos.
—Si esa niña es mi hija, me quitaste cinco años de su vida.
Bajé la mirada.
—Lo sé.
El silencio que siguió fue devastador.
—Entonces es mía.
No fue una pregunta.
Una lágrima cayó sobre mi mano.
—Sí.
Adrian dejó de respirar durante un segundo.
Después retrocedió.
Miró a Lily.
La miró durante mucho tiempo.
Como si el mundo entero acabara de cambiar de forma ante sus ojos.
—Es mi hija…
La frase salió apenas como un susurro.
Yo cerré los ojos.
Había imaginado aquel momento cientos de veces.
En algunas versiones él gritaba.
En otras me odiaba.
En otras simplemente se marchaba.
Nunca imaginé que se acercaría a la cama con pasos temblorosos.
Adrian se sentó.
Lily dormía de lado, con una mano debajo de la mejilla.
Él extendió lentamente los dedos hacia ella.
Se detuvo antes de tocarla.
Como si temiera no tener derecho.
Aquello terminó de romperme.
—Puedes tocarla.
Sus ojos se humedecieron.
Rozó con un dedo los rizos de Lily.
—Tiene mi cabello.
Me mordí el labio.
Era verdad.
Cuando Lily nació casi no tenía pelo, pero al crecer había desarrollado unas ondas oscuras exactamente iguales a las de Adrian cuando era niño.
—También mueve la ceja izquierda cuando se enfada —dije sin pensar.
Adrian soltó una respiración que parecía una risa y un sollozo al mismo tiempo.
—Yo hago eso.
—Lo sé.
Volvió a mirarme.
Esta vez la ternura desapareció.
—¿Por qué?
Ahí estaba la pregunta que había temido durante cinco años.
Me senté lentamente.
—Porque pensé que era lo mejor.
—No vuelvas a decirme eso.
Su tono fue duro.
—No tenías derecho a decidir qué era lo mejor para mí.
—No estaba decidiendo por ti.
—¿Entonces por quién?
—Por Lily.
Adrian se puso de pie.
—Ni siquiera había nacido.
—Precisamente.
—¿Qué demonios pasó aquel verano?
Miré hacia la ventana.
La ciudad brillaba a lo lejos.