Durante años yo había creído que Adrian había elegido su carrera.
Y durante años él había creído que yo lo había abandonado por otro hombre.
Dos personas destrozadas por una mentira que ninguno se molestó en comprobar.
—¿Por qué creí que te habías ido con otro? —preguntó de repente.
Sentí vergüenza.
—Porque cuando me marché me ayudó Daniel.
Daniel Hayes.
Mi amigo de la universidad.
La persona que me encontró llorando en mi apartamento y compró un boleto de avión para que pudiera quedarme una temporada con su familia en Seattle.
—Vi una foto —dijo Adrian—. Tú y él.
—Su hermana la publicó.
—Estabas abrazándolo.
—Porque acababa de decirle que estaba embarazada y tenía miedo.
Adrian soltó una carcajada amarga.
—Cinco años odiando a un hombre que solo estaba ayudando a la mujer que yo amaba.
La frase se quedó suspendida.
La mujer que yo amaba.
No “que había amado”.
Yo también lo noté.
Él también.
Pero ninguno dijo nada.
Lily se movió entre las sábanas.
Los dos nos volvimos inmediatamente hacia ella.
—Mamá…
Me acerqué.
—Estoy aquí, cariño.
Lily abrió los ojos lentamente.
Después miró a Adrian.
—Doctor.
Él se acercó.
—Hola, princesa.
—¿Ya estoy mejor?
—Mucho mejor.
—¿Entonces puedo comer helado?
Adrian sonrió.
—Eres una negociadora peligrosa.
—¿Eso significa que sí?
—Eso significa que preguntaremos a tu mamá.
Lily me miró con esperanza.
Yo negué con la cabeza.
—Mañana.
—Los adultos siempre dicen mañana.
Adrian soltó una risa.
Y entonces ocurrió.
Lily observó su rostro con curiosidad.
—Doctor Adrian…
—¿Sí?
—Tú haces la misma cara que yo cuando mamá dice que no.
El silencio fue absoluto.
Adrian me miró.
Yo tuve que girar el rostro para ocultar las lágrimas.
A la mañana siguiente, cuando desperté, encontré a Adrian dormido en una silla junto a Lily.
No se había marchado.
Tenía los brazos cruzados y la cabeza ligeramente inclinada.
Lily estaba despierta.
Lo observaba.
—Mamá.
—Shh.
—¿El doctor durmió aquí?
—Sí.
—¿Por qué?
No sabía qué responder.
Lily se quedó pensando.
—¿Porque está preocupado por mí?
—Sí.
—Me gusta.
Mi corazón se apretó.
—Es bueno conmigo.
—Lo es.
—¿Puede ser mi doctor siempre?
Antes de que pudiera contestar, Adrian abrió los ojos.
—Eso puedo hacerlo.
Lily sonrió.
—¡Buenos días!
—Buenos días.
Se incorporó y revisó automáticamente la bolsa de suero.
—La fiebre bajó.
—¿Puedo irme a casa?
—Todavía no.
Lily hizo un puchero.
Adrian levantó una ceja.
Ella levantó exactamente la misma.
Los dos nos quedamos mirándola.
Lily frunció el ceño.
—¿Qué?
Adrian se volvió hacia mí.
Había algo indescriptible en sus ojos.
Dolor.
Felicidad.
Pérdida.
Todo mezclado.
Durante el día hizo varias visitas.
Demasiadas para un médico ocupado.
Cada vez encontraba una excusa.
Revisar la fiebre.
Comprobar la hidratación.
Escuchar los pulmones.
Traer un libro.
Preguntar si necesitábamos algo.