A la cuarta visita, la enfermera que lo acompañaba sonrió al salir.
—El doctor Cole nunca revisa personalmente tantas veces a un paciente estable.
Adrian fingió no escucharla.
Yo sí.
Lily también.
—Le caigo muy bien.
—Parece que sí —respondí.
—¿Muchísimo?
Miré a Adrian.
—Muchísimo.
Él bajó la cabeza para ocultar una sonrisa.
Aquella tarde Lily estaba coloreando cuando preguntó:
—Doctor Adrian, ¿tienes hijos?
El lápiz que él sostenía se detuvo.
—No lo sabía hasta ayer.
Sentí que se me cerraba la garganta.
Lily no entendió.
—¿Cómo puedes no saber si tienes hijos?
Adrian me miró antes de contestar.
—A veces los adultos se pierden cosas importantes.
—Mi mamá dice que hay que preguntar cuando uno no entiende algo.
—Tu mamá tiene razón.
—Entonces pregunta.
Adrian sonrió tristemente.
—Eso estoy haciendo.
Esa noche su madre llegó al hospital.
No sé quién le contó que yo estaba allí.
Tal vez alguien del personal nos reconoció.
Tal vez Adrian la llamó.
Solo sé que cuando Margaret Cole apareció en la puerta, sentí que volvía a tener veinticuatro años.
Seguía impecable.
Cabello plateado perfectamente peinado.
Abrigo beige.
La misma manera de mirar a una habitación como si pudiera controlarla.
Sus ojos fueron de mí hacia Lily.
Después hacia Adrian.
Comprendió inmediatamente.
—Adrian.
Él se puso frente a ella.
—¿Lo sabías?
Margaret no respondió.
—Te hice una pregunta.
Su rostro cambió.
—Este no es el lugar.
—Perfecto. Entonces iremos al pasillo.
—Adrian…
—Ahora.
Nunca lo había escuchado hablarle así.
Salieron.
Yo intenté no escuchar.
No funcionó.
—¿Sabías que Elena estaba embarazada?
Silencio.
—Madre.
—Sí.
Una sola palabra.
Pero cambió cinco años de nuestras vidas.
—¿Bloqueaste su número?
—Adrian…
—¿Usaste mi teléfono para terminar con ella?
—Estabas a punto de destruir tu carrera.
—¡Era mi decisión!
—Tenías veintisiete años.
—¡Era adulto!
—Estabas agotado, endeudado y con un padre enfermo.
—¡Y ella llevaba a mi hija!
Margaret bajó la voz.
—No sabía que conservaría el embarazo.
El silencio posterior fue terrible.
Adrian habló finalmente.
—¿Qué acabas de decir?
—Pensé que sería más sensato…
—No termines esa frase.
La puerta se abrió.
Adrian entró.
Tenía los ojos rojos.
Margaret apareció detrás de él.
Cuando me vio, su expresión perdió toda seguridad.
—Elena.
Yo me levanté.
Durante cinco años había imaginado aquel encuentro.
Pensaba que gritaría.
Pensaba que exigiría una disculpa.
Pero no sentí rabia.
Solo cansancio.
—¿Valió la pena?
Margaret tragó saliva.
—Yo quería proteger a mi hijo.
—¿De qué?
Señalé a Lily.
—¿De ella?
Margaret miró a su nieta.
Lily coloreaba sin comprender.
La mujer comenzó a llorar.
—No.
—Pues eso fue lo que hiciste.
Su voz tembló.
—Cometí un error.
Adrian soltó una risa amarga.
—Un error es olvidar una cita. Tú borraste cinco años.
—Lo siento.
—No me lo digas a mí.
Margaret me miró.
—Elena…
Levanté una mano.
—No necesito escuchar una disculpa.
—Pero…
—Lo que necesito es que entienda algo.
Miré a Adrian.
Después a ella.
—Lily no es una herramienta para reparar su culpa. Si algún día forma parte de su vida, será porque demuestra que puede quererla sin intentar controlar a quienes la rodean.