PARTE 2
El picaporte giró lentamente.
Mi corazón latía tan fuerte que pensé que quienquiera que estuviera del otro lado podría escucharlo.
Papá había dejado su teléfono en la mesa de noche.
Yo estaba sentada en el sillón, con las rodillas contra el pecho, sin respirar.
La puerta se abrió.
Y vi a mi padre.
Pero no estaba solo.
Detrás de él, dos hombres desconocidos entraron a la habitación.
Uno era alto, con una cicatriz en la mejilla.
El otro era más bajo, pero tenía algo en la mano.
Algo metálico.
—Daniel Morrison —dijo el hombre alto—, viniste a nosotros por dinero. Ahora pagas. O pagas con tu vida.
Mi padre se interpuso entre ellos y yo.
—Les dije que no se acercaran a mi hija.
—Y te dijimos que eso no era negociable —respondió el hombre bajo, levantando lo que ahora veía claramente: un arma.