Un granjero sordo se casa con una chica obesa por una apuesta; lo que ella le sacó del oído a su esposo dejó a todos atónitos.
La mañana en que Clara Valdés se convirtió en esposa, la nieve caía sobre la sierra de Chihuahua con una paciencia triste, como si el cielo mismo supiera que aquel no era un día de fiesta, sino de resignación.
Clara, de veintitrés años, se miró en el espejo agrietado de la casa de adobe y alisó con manos temblorosas el vestido de novia de su madre. El encaje amarillento olía a alcanfor, a años guardados y a promesas rotas. No temblaba por el frío. Temblaba de vergüenza.
Su padre, don Julián Valdés, tocó la puerta con los nudillos.
—Ya es hora, hija.
Clara cerró los ojos un segundo.
—Estoy lista —mintió.
La verdad era más fea y más simple. Su padre debía cincuenta pesos al banco local. Cincuenta. Exactamente la misma cantidad por la que iban a entregarla en matrimonio a un hombre que no había elegido. En la casa le llamaban “arreglo”. El gerente del banco le decía “solución”. Su hermano Tomás, que olía a pulque desde antes del amanecer, lo llamaba “suerte”.
Clara lo llamaba por su nombre.
Venta.
El hombre con quien iba a casarse se llamaba Elías Barragán. Tenía treinta y ocho años, vivía solo en un rancho aislado entre pinos y barrancas, y en el pueblo de San Jerónimo todos decían lo mismo sobre él: que era dueño de buena tierra y que no hablaba con nadie. Algunos lo llamaban arisco. Otros, loco. La mayoría lo llamaba simplemente “el sordo”.
Clara solo lo había visto dos veces. La primera, meses atrás, cuando él entró a la tienda general por sal, clavos y café. Alto, ancho de hombros, silencioso como una sombra. La segunda, una semana antes de la boda, cuando su padre lo llevó a la casa. Elías se había quedado de pie en la sala, con la nieve derritiéndose en sus botas, y no dijo una sola palabra. Sacó una libreta del bolsillo, escribió algo con un lápiz corto y se la entregó a don Julián.
“De acuerdo. Sábado.”