El hombre más temido de Boston llevaba tres meses en coma… hasta que despertó sujetando la mano de la única enfermera que hablaba con él

Parte 2

Mi primera reacción fue mirar hacia la puerta.

Luca apretó mi muñeca.

Débilmente.

Pero suficiente.

—No.

—¿Cuál de ellos?

Sus ojos se cerraron durante un segundo.

—No sé.

—Acabas de decir que está ahí fuera.

—Reconocí la voz.

Su respiración se volvió irregular.

—No vi la cara.

Eso tenía sentido.

Había estado en coma.

O al menos nosotros habíamos creído que estaba completamente inconsciente.

—Luca, necesito llamar al médico.

—Primero…

Tosió.

La alarma cambió.

—Primero dime cuántos hombres hay.

—Dos.

—Nombres.

Yo los conocía.

Habían permanecido allí durante semanas.

—Martin Doyle y Eric Romano.

Luca quedó inmóvil.

—¿Cuál estaba aquí hace seis noches?

Pensé.

Yo no había trabajado esa noche.

—No sé.

—Encuéntralo.

—No soy detective.

Sus ojos se clavaron en mí.

—Precisamente.

—¿Qué significa eso?

—No sospechan de ti.

Sentí una oleada de rabia.

—Acaba de despertar después de tres meses y ya está intentando usar a su enfermera como espía.

Una sombra mínima apareció en sus ojos.

¿Diversión?

—Eso sonó peor cuando lo dijiste tú.

—Porque es peor.

Entró el equipo médico antes de que pudiera responder.

Las siguientes horas fueron caóticas.

Exámenes.

Escáneres.

Preguntas neurológicas.

Luca podía recordar su nombre.

El año.

La ciudad.

Reconocía rostros.

Tenía debilidad física severa.

Hablar le costaba.

Pero cognitivamente estaba mucho mejor de lo que cualquiera esperaba.

El hospital llamó a aquello “extraordinario”.

Los hombres de Luca lo llamaron milagro.

Yo no sabía qué llamarlo.

Porque cada vez que miraba hacia el corredor recordaba:

Uno de esos hombres podría haber ayudado a ponerlo en aquella cama.

A las seis de la mañana me cambiaron de paciente.

No me sorprendió.

Lo que sí me sorprendió fue que Luca se negara.

—No.

El jefe de enfermería lo miró.

—Señor Bellini, Sophie lleva más de doce horas trabajando.

—Entonces que duerma.

—Luca —intervine—, no funciona así.

Me miró.

—Vuelve esta noche.

—Si me asignan.

—Te asignarán.

—No uses esa voz conmigo.

El jefe de enfermería parecía estar intentando hacerse invisible.

Luca cerró los ojos.

—Por favor.

Eso cambió todo.

No la orden.

El por favor.

—Si estoy disponible.

—Bien.

Cuando salí del hospital, uno de sus guardaespaldas me siguió hasta el ascensor.

Martin Doyle.

Cuarenta y tantos.

Cabello gris en las sienes.

Siempre amable.

Demasiado amable, pensé ahora.

—Señorita Carter.

—¿Sí?

—Lo que hizo por él…

—Solo hice mi trabajo.

—No.

Sonrió.

—Parece que hizo un poco más.

Me obligué a sonreír.

—Hablo demasiado.

—Tal vez fue algo bueno.

Entró conmigo al ascensor.

Sentí el corazón demasiado rápido.

—¿Usted trabajó aquí todas las noches?

—Casi.

—¿Incluso la semana pasada?

Me miró.

—¿Por qué pregunta?

Demasiado rápido.

—Curiosidad.

—Sí.

Sonrió otra vez.

—Estuve aquí.

Las puertas se abrieron.

Me marché.

No sabía si aquello significaba algo.

Aquella noche regresé.

Luca estaba sentado ligeramente incorporado.

Se veía menos muerto.

Y más peligroso.

—Te asignaron —dijo.

—Qué casualidad.

—No hice nada.

—No te creo.

—Bien.

Agradecí esa respuesta.

Durante el turno le ayudé a beber agua.

Mover los brazos.

Ejercicios básicos.

Él odiaba sentirse débil.

—No aprietes así.

—Puedo hacerlo.

—Tus músculos llevan tres meses sin trabajar.

—He estado peor.

—¿Cuándo?

—Me dispararon tres veces.

Lo miré.

—Punto para ti.

Sonrió.

Otra cosa que nadie del hospital había visto.

A las once, cuando estuvimos solos, preguntó:

—Doyle habló contigo.

Mi cuerpo se tensó.

—¿Cómo sabes?

—Te vi.

—¿Desde la cama?

—Tengo ojos.

—Nuevos.

—Funcionales.

Suspiré.

—Sí.

—¿Qué dijo?

Se lo conté.

Luca escuchó.

—¿Y Romano?

—No hablé con él.

—Hazlo.

—Otra vez estamos con lo de convertirme en espía.

—No tienes que hacerlo.

—Eso sonó distinto.

—Estoy aprendiendo.

Me senté.

—¿Qué escuchaste exactamente hace seis noches?

Luca tardó.

—Una voz.

—¿Qué dijo?

—“Cuando despierte, será demasiado tarde.”

Sentí frío.

—¿A quién hablaba?

—Por teléfono.

—¿Algo más?

—Sí.

Su expresión se endureció.

—Mencionó a mi hermano.

—¿Tienes un hermano?

—Mayor.

—¿Dónde está?

—Muerto.

Otra vez esa palabra.

Demasiadas personas muertas alrededor de aquel hombre.

—¿Cuándo?

—Hace cuatro años.

—¿Cómo?

—Sobredosis.

—¿Y crees que está relacionado?

—Ahora sí.

Luca me explicó que su hermano, Matteo, había tenido problemas con drogas.

También había manejado parte de las operaciones familiares.

Antes de morir, empezó a decir que alguien dentro de la organización estaba vendiendo rutas y nombres a un grupo rival.

Nadie lo tomó suficientemente en serio.

—¿Tú tampoco?

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Pensé que estaba paranoico por las drogas.

—¿Te arrepientes?

—Cada día.

Ahí había una herida diferente.

No física.

—Y ahora alguien menciona a Matteo.

—Sí.

—Entonces quizá él tenía razón.

—Sí.

Aquella conversación me recordó a mi propia infancia.

Adultos decidiendo qué partes de lo que un niño decía eran importantes.

Qué miedos eran reales.

Qué silencios convenían.

—¿Por qué me contaste esto?

Luca me miró.

—Porque te escuché durante casi tres meses.

—Eso no significa que me conozcas.

—Sé que odias el café del hospital.

—Todo el mundo.

—Que tu madre murió cuando tenías dieciséis.

Me quedé quieta.

—Lo conté una noche.

—Sí.

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