El hombre más temido de Boston llevaba tres meses en coma… hasta que despertó sujetando la mano de la única enfermera que hablaba con él

—La última llamada que me hizo duró cuarenta segundos.

—¿Qué dijo?

—“No eres el único que sabe proteger a la familia.”

—¿Y tú?

Cerró los ojos.

—Le dije que dejara de llamarme drogado.

Sentí dolor por él.

—No sabías.

—No.

—Puedes lamentarlo sin convertirlo en una sentencia de por vida.

Me miró.

—Hablas como si fuera fácil.

—No.

—¿Entonces?

—Hablo como alguien que pasó años culpándose por no salvar a gente que era imposible salvar sola.

Eso abrió otra conversación.

Mi madre.

Adicción.

Hogares temporales.

Una infancia donde yo siempre intentaba ser útil para que los adultos tuvieran una razón para no devolverme.

—Por eso eres enfermera —dijo.

—En parte.

—Quieres que nadie se sienta abandonado.

—Eso suena demasiado bonito.

—¿Qué versión prefieres?

—Tengo complejo de control con zapatos cómodos.

Él se rio.

Una enfermera que pasaba se detuvo fuera de la puerta.

Lo miró como si hubiera escuchado hablar a un muerto.

Luca levantó una ceja.

—¿Qué?

—Nada, señor Bellini.

Se fue rápidamente.

—Todos te tienen demasiado miedo.

—No todos.

—Yo estaba protegida por agotamiento.

—Funciona.

La investigación encontró finalmente el vínculo con el atentado.

No era Doyle solo.

Era Anthony Bellini.

Tío de Luca.

Presidente de una división portuaria.

Había heredado parte de la red de Salvatore.

Cuando Luca comenzó a cerrar rutas ilegales, Anthony entendió que tarde o temprano descubriría las cuentas.

Ordenó el ataque.

Doyle proporcionó la ruta.

Pero hubo un problema.

Luca cambió de automóvil unos minutos antes.

Por eso sobrevivió.

Sus hombres lo llevaron al hospital utilizando un nombre falso.

Anthony esperaba que muriera.

Cuando no ocurrió, necesitaba saber si podía despertar.

Seis noches antes de hacerlo, Doyle entró en la habitación y llamó a Anthony.

Luca escuchó.

Todo encajaba.

—Entonces Romano no tiene nada que ver —dije.

—No.

—¿Y mi archivo?

—Doyle.

—¿Por qué?

—Porque me oyó decir tu nombre cuando empezaba a reaccionar.

Sentí frío.

—¿Entonces sabía que yo podía ser importante?

—Sí.

—Y me investigó.

—Sí.

—Qué encantador.

Doyle fue detenido en Vermont.

Anthony intentó huir a Canadá.

No llegó.

Los fiscales tomaron el caso.

Luca decidió cooperar.

Eso sorprendió a casi todos.

—¿Qué significa para ti? —pregunté.

—Perder negocios.

—¿Cuántos?

—Los suficientes.

—¿Y dentro de tu familia?

—Algunos dicen que estoy destruyendo lo que construyó mi padre.

—¿Y qué dices tú?

Luca miró hacia el puerto desde la ventana.

—Que quizá algunas cosas merecen destruirse.

Aquello cambió mi opinión sobre él.

No de golpe.

Yo seguía sin olvidar qué clase de hombre era.

Ni las cosas que probablemente había hecho.

Pero también veía a alguien tomando decisiones que le costaban poder.

Eso era distinto a hablar de cambio.

Semanas después recibió el alta.

Yo pensé que sería el final de nuestra relación.

Paciente.

Enfermera.

Fin.

Firmó papeles.

Se puso un traje.

Parecía nuevamente el hombre de las fotografías.

Antes de salir, se detuvo frente a mí.

—Sophie.

—¿Sí?

—Ven conmigo.

—No.

Parpadeó.

—Ni siquiera preguntaste a dónde.

—Eso sonó como secuestro elegante.

Una sombra de sonrisa.

—Cena.

—¿Esto es una cita?

Se quedó inmóvil.

—No lo sé.

—Mala respuesta.

—Entonces sí.

Mi corazón hizo algo molesto.

—No.

Su rostro cambió.

—No porque no quiera.

—¿Entonces?

—Fuiste mi paciente.

—Ya no.

—Hoy dejaste de serlo.

—Correcto.

—Y eres un hombre con demasiados problemas, guardaespaldas y posiblemente armas.

—También correcto.

—Necesito distancia.

Luca guardó silencio.

—Bien.

Esperaba insistencia.

No llegó.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que haga?

—No sé.

—Yo tampoco.

Sonreí.

—Progreso.

No hablamos durante siete semanas.

Yo volví a mi rutina.

Turnos.

Café.

Pacientes.

El hospital recuperó su normalidad.

Excepto que ya nada se sentía exactamente normal.

Un martes encontré un paquete en recepción.

No flores.

No joyas.

Un libro.

La misma novela que había terminado de leerle la noche que despertó.

Dentro había una nota:

“Ahora recuerdo el final. Gracias por leerlo cuando yo no podía abrir los ojos.”

Nada más.

No respondí.

Durante dos días.

Después envié un mensaje.

“Te saltaste tres capítulos mientras estabas sedado.”

Respondió:

“Exijo reembolso.”

Yo sonreí en mitad de la estación de enfermería.

Eso se convirtió en mensajes.

Después llamadas.

Nunca tarde si yo trabajaba.

Nunca aparecía sin avisar.

Cuando finalmente acepté cenar, elegí el restaurante.

Llegué primero.

Luca entró sin séquito visible.

—¿Dónde están?

—Afuera.

—Bien.

—¿Me estabas buscando hombres armados?

—Verificando mi margen de huida.

—Romántico.

—Mucho.

La primera cita fue extrañamente normal.

Me preguntó por pacientes sin pedir información confidencial.

Hablamos de libros.

Comida.

Boston.

No habló del crimen.

Yo tampoco.

Al final dijo:

—¿Puedo volver a verte?

—Sí.

No intentó besarme.

Eso me sorprendió.

—¿Nada?

—¿Qué?

—Nada.

Sonrió.

—No sé si quieres.

Aquello importó más de lo que debería.

La relación fue lenta.

En parte porque yo lo exigí.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *