—Ustedes no van a volver a pedir dinero aquí.
Esa tarde los instaló en un hotel.
No llamó a Mauricio.
No respondió sus mensajes.
En cambio, contactó a una abogada y le entregó absolutamente todo.
Comprobantes de transferencias.
Fotografías del contrato.
Mensajes.
Datos de la empresa.
La abogada tardó horas revisándolos.
Finalmente levantó la cabeza.
—Daniela, aquí hay algo importante.
Giró la computadora.
—El dinero que enviabas desde España entraba regularmente en la cuenta que tú conocías.
—Sí.
—Pero después era transferido.
Daniela acercó la silla.
Decenas de movimientos aparecieron en pantalla.
Muchos terminaban en cuentas vinculadas a Mauricio.
Otros iban a una empresa.
Y algunos…