Antes de la ejecución, su hija de 8 años susurró esto a los guardias aterrorizados, y 24 horas después, todo el estado se vio obligado a paralizarlo todo
A las 5:17 de la mañana, cuando todavía no había salido el sol, una niña de ocho años caminó por el pasillo de la prisión tomada de la mano de su madre.
Se llamaba Elena.
Llevaba un vestido azul demasiado grande para ella y unos zapatos blancos que su padre le había regalado meses antes.
No sabía exactamente qué significaba la palabra ejecución.
Solo sabía que aquella mañana iba a despedirse de su papá.
Su padre se llamaba Gabriel Torres.
Tenía treinta y nueve años.
Durante los últimos tres años había permanecido en una prisión estatal después de ser condenado por un crimen que, según la sentencia, había cometido una noche de invierno.
Pero Gabriel siempre había mantenido la misma frase:
—Soy inocente.
No la había cambiado ni una sola vez.
Ni siquiera cuando le ofrecieron aceptar la culpa a cambio de una reducción de condena.
Ni siquiera cuando sus abogados le dijeron que las posibilidades de revertir la sentencia eran prácticamente inexistentes.
Ni siquiera cuando su propia madre dejó de creerle.
Gabriel seguía diciendo:
—Yo no hice eso.
Y había una persona que jamás dudó de él.
Su hija.
Elena.
La última visita
La sala de visitas estaba casi vacía.
Elena entró junto a su madre, Marina, mientras un guardia las observaba desde la puerta.
Gabriel apareció unos minutos después.
Estaba más delgado.
Su cabello había comenzado a encanecer.
Pero cuando vio a Elena, sonrió.
—Hola, princesa.
La niña corrió hacia él.
Durante varios segundos no dijo nada.
Solo lo abrazó.
Gabriel cerró los ojos.
—Has crecido mucho.
—Tú has adelgazado.
Él soltó una pequeña risa.
—Aquí la comida no es tan buena como la que cocina mamá.
Marina sonrió con lágrimas en los ojos.
Pero Elena no sonrió.
Ella miró fijamente a su padre.
—Papá.
—¿Sí?
—¿Tienes miedo?
Gabriel tardó unos segundos en responder.
—Sí.
La niña bajó la cabeza.
—Yo también.
Gabriel tomó sus manos.
—Pero quiero que recuerdes algo.
—¿Qué?
Continúa
Antes de la ejecución, su hija de 8 años susurró esto a los guardias aterrorizados, y 24 horas después, todo el estado se vio obligado a paralizarlo todo.