Sofía era una niña especial, no porque fuera diferente a los demás, sino por la manera en que encontraba motivos para sonreír incluso en los momentos más difíciles. Desde pequeña, quienes la conocían admiraban su alegría, su sensibilidad y la forma cariñosa en que observaba el mundo. Le encantaban los colores brillantes, las flores amarillas y, sobre todo, los largos abrazos de su mamá.
Su sonrisa se convirtió poco a poco en una de sus características más reconocibles. Para Sofía, la vida estaba llena de pequeños detalles capaces de provocar felicidad.