El juez continuó:
“Hoy, este niño robó pan. Mañana, otro niño podría hacer lo mismo. Podemos seguir llenando nuestras cárceles de gente hambrienta, o podemos empezar a llenar sus hogares de comida.”
Nadie dijo una palabra.
Poco a poco, la gente empezó a poner dinero sobre la mesa.
Cinco dólares.
Diez dólares. Veinte dólares.
Incluso el agente de policía que había arrestado al chico colocó dinero junto a la contribución del juez.
El niño no podía parar de llorar.
—No sabía que a la gente le importaría —susurró. El juez lo miró.
“A la gente le importas, hijo. A veces solo hay que recordárselo.”
El dinero recaudado ese día fue suficiente para comprar comida y medicinas para la madre del niño.
Pero el juez no se detuvo ahí.
Se puso en contacto con una organización benéfica local y gestionó la asistencia médica para ella.
Luego, ayudó al chico a encontrar un trabajo de medio tiempo que le permitiera seguir yendo a la escuela.
Antes de que el chico abandonara la sala del tribunal, el juez lo volvió a llamar.