Desde fuera, mi vida parecía tranquila.
Pero dentro de mí, el silencio se había vuelto más pesado que el dolor.
Aquel día era mi sexagésimo segundo cumpleaños.
Nadie llamó.
No recibí flores.
Al caer la tarde, estaba sentada sola en la mesa de la cocina, frente a un pequeño trozo de pastel de chocolate que había comprado para mí.
En el centro había una sola vela.
Ni siquiera tuve el valor de encenderla.
Mientras miraba aquella vela, finalmente reconocí algo que me avergonzaba decir en voz alta.
No quería pasar otra noche tranquila.
No quería compasión ni conversaciones educadas.
Quería pasión.
Quería que un hombre me mirara con deseo y me hiciera recordar que todavía era una mujer, no solamente una madre, una viuda o una persona mayor a la que todos habían dejado de notar.