Entonces, cerca del amanecer, finalmente abrió los ojos.
La enfermera le preguntó suavemente cómo se llamaba.
La anciana susurró su nombre.
Y los agentes se quedaron paralizados.
Llevaba meses desaparecida.
Pero eso no fue lo que dejó a todos en silencio.
Cuando le preguntaron cómo había terminado junto a aquella carretera, sus ojos se llenaron de lágrimas y comenzó a contar una historia tan aterradora que nadie en la habitación fue capaz de moverse.
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Hasta el día de hoy recuerdo el sonido de la lluvia aquella noche.
No era suave ni tranquila.
Era intensa, fría y pesada, golpeando el parabrisas con tanta fuerza que la carretera delante de mí parecía desaparecer bajo un río de agua negra.
Regresaba a casa mucho más tarde de lo habitual y había tomado una carretera rural desierta en las afueras de la ciudad porque quería ahorrar tiempo.