mejores amigas de Anna en aquellos años. En cuanto pronuncié el nombre de Anna, Diane se quedó muda.
—No tengo nada que decirte sobre eso.
Y colgó. Una semana más tarde, sin embargo, me devolvió la llamada.
—La hermana de Anna se casó con un hombre de Pittsburgh.
—¿Sabes cómo se llama?
—Recuerdo el apellido de casada.
—Dímelo.
Tres llamadas después, una mujer contestó del otro lado de la línea.
—¿Hola?
Cerré los ojos. Aunque habían pasado cuatro décadas, reconocí esa voz al instante.
—¿Anna? Soy Walter.
Durante varios segundos solo escuché su respiración. Después, un susurro.
—Walter. Dios mío.
—Anna, ¿podría ir a verte?
—¿Después de cuarenta años?
—Sé cómo suena. Pero mi esposa, Carol… falleció hace unas semanas. Antes de morir me pidió que te encontrara. Necesito entender por qué.
Silencio.
—¿Cuándo?
—Cuando tú te sientas cómoda.
Otra pausa.
—El sábado.
El reencuentro
El sábado por la mañana