—Entonces ahora voy a cargar con ellos.
Entré.
Mauricio intentó seguirme.
—Daniela, espera.
—Tú te quedas aquí.
—Es mi casa.
Me giré.
—No. Es la casa en la que has vivido tres años creyendo que nadie podía echarte.
Saqué el teléfono.
—Y ya he llamado a la policía.
Mauricio palideció.
—¿Qué?
—También tengo fotografías de los moretones de mi madre.
Patricia se llevó una mano a la boca.
—Daniela, no sabes lo que estás haciendo.
—Precisamente por eso voy a averiguarlo.
Subí las escaleras con mi madre detrás de mí.
Los niños se quedaron en la planta baja, junto a la calefacción, mientras yo abría la puerta del pequeño cuarto donde estaba la máquina de coser.
Era la misma máquina que mi padre le había regalado a mi madre cuando yo era niña.
Vieja.
Pesada.
De madera oscura.
Mi madre siempre había dicho que ya no funcionaba, aunque jamás permitió que nadie la tirara.
Me arrodillé frente a ella.
Recordé las palabras de mi padre.
_Si algún día lastiman a tu madre, abre el compartimento falso._
Busqué durante varios segundos.
Nada.
Quité la tapa lateral.
Nada.
Levanté el cajón de los hilos.
Vacío.
Entonces recordé que mi padre siempre me había dicho que las cosas importantes no estaban donde uno esperaba encontrarlas.
Pasé los dedos por debajo de la mesa.
Sentí una pequeña hendidura.
Presioné.