Todos parecían preocupados.
Cuando la abuela abrió la puerta, apenas pude contener las lágrimas.
Llevaba su mejor vestido negro con pequeñas flores blancas. Se había arreglado cuidadosamente el cabello y llevaba los zapatos rojos que reservaba para las ocasiones especiales. Tenía los ojos enrojecidos. Era evidente que había estado llorando.
La abracé con fuerza.
—¿Por qué nos asustaste de esta manera? ¿Qué te dijo el médico?
La abuela simplemente acarició mi mano.
—Se lo explicaré todo cuando llegue el momento adecuado.
En el interior, la gran mesa ya estaba preparada. Había cocinado todos nuestros platos favoritos de la infancia: pollo asado, patatas, su famoso pastel de manzana y aquella sopa cuya receta nunca había compartido con nadie.
Entonces noté algo extraño.
Había dos sillas en la cabecera de la mesa.
Una era para la abuela.
La otra estaba vacía.