Miré el edificio detrás de mí.
Mi nuevo trabajo.
Mi nueva vida.
—Mateo, una familia no es una persona
sacrificándose mientras las demás viven cómodamente.
Bajó la mirada.
—Cometí errores.
—Sí.
—Pero puedo cambiar.
Lo observé.
Antes, esas palabras habrían sido suficientes.
Antes habría buscado cualquier señal para creer.
Pero ya no.
—No me fui porque no te amaba.
Su rostro cambió.
—Entonces, ¿por qué?
Respiré lentamente.
—Porque un día me di cuenta de que tú estabas muy orgulloso de ser un hombre de palabra.
Pausa.
—Pero nunca fuiste un hombre de acciones.
Mateo no respondió.
Porque sabía que era verdad.
Antes de irme, saqué algo de mi bolso.
Un sobre.
Él lo miró.
—¿Qué es eso?
—Los documentos de separación.
Su rostro perdió color.
—Clara…
—No es una amenaza.
—No es venganza.
Lo miré por última vez.
—Es simplemente la primera decisión que tomo pensando en mí.
Mateo sostuvo el sobre con las manos temblorosas.
Y mientras yo caminaba hacia el ascensor, finalmente comprendió algo:
Durante nueve años