Un reportero preguntó:
“¿Tiene algo que decir?”
Maya susurró:
“No pensé que pasaría.”
La señora Linda la escuchó desde la puerta.
“Ese fue el problema”, dijo. “No pensaste.”
Semanas después, el apartamento fue vaciado.
La cuna fue retirada.
Los biberones fueron tirados.
Pero la señora Linda encontró una pequeña cosa en un cajón.

Una pulsera de hospital.
El nombre impreso en ella era:
Noah Parker.
No “el bebé”.
No “el niño”.
Noah.
Un pequeño niño que necesitaba calor, leche, brazos y una madre que acudiera cuando él lloraba.
En el memorial, nadie dio un discurso largo.
No había nada hermoso que decir.
Un bebé había necesitado a alguien.
Y la persona que debió quedarse…
se fue.
Por el resto de su vida, Maya escucharía aquel silencio.
No la música del lago.
No las risas.
No las voces llamándola salvaje y libre.