veces cocinamos algo.
Una vez Grace quiso liberar globos y, después de explicarle lo malos que son para el medio ambiente, terminamos plantando un árbol.
James todavía se burla de mí por convertir un homenaje sentimental en una clase de ecología.
Hace poco Grace encontró una fotografía mía a los veinte años.
—Mamá.
—¿Qué?
—Me parezco un poco a ti.
—No biológicamente.
—Ya sé.
Puso nuestros rostros uno junto al otro frente al espejo.
—Pero hago esa cara cuando estoy enojada.
James pasó detrás.
—Eso es porque llevas quince años estudiando con la mejor.
Le lancé una toalla.
Grace se rio.
A veces todavía pienso en aquel martes.
James al final del corredor.
Su abrigo puesto.
Sus ojos rojos.
La cuna detrás del cristal.
Durante años, cuando contaba la historia, decía que mi esposo me había llamado al hospital y me había entregado la hija que siempre habíamos querido.
Ya