Margaret bajó la cabeza.
—Lo entiendo.
—Espero que sí.
Se marchó poco después.
Adrian permaneció junto a la ventana.
—Pensé que me habías dejado porque yo no era suficiente.
Me acerqué.
—Yo pensé que me habías dejado porque tu carrera era más importante.
—Éramos dos idiotas.
—Éramos dos personas manipuladas y demasiado orgullosas para comprobar la verdad.
Él sonrió débilmente.
—Eso suena un poco mejor.
Durante un instante parecía que los cinco años desaparecían.
Pero no era tan sencillo.
—Adrian.
—Lo sé.
Me sorprendió.
—¿Qué sabes?
—Que descubrir la verdad no significa que podamos volver a donde estábamos.
Bajé la mirada.
—Gracias.
—Estoy furioso contigo.
Lo miré.
—Lo sé.
—Me quitaste la oportunidad de conocer a mi hija.
—Lo sé.
—No sé cuánto tiempo necesitaré para perdonarte.
Las palabras dolieron.
Pero eran justas.
—Lo entiendo.
Adrian respiró profundamente.
—Sin embargo, nada de eso es culpa de Lily.
—No.
—Y quiero estar en su vida.
Mi garganta se cerró.
—Si ella te acepta…
—Haré lo que haga falta.
—Despacio.
—Despacio.
—Sin aparecer mañana diciendo que eres su padre.
—Por supuesto.
—Sin abogados.
Adrian me miró.
—Nunca usaría a un abogado para quitarte a Lily.
—No lo sé.
La frase lo hirió.
Pude verlo.
—Elena, tú la criaste sola.
Se acercó.
—Sé que tengo derecho a estar enfadado. Pero también sé quién estuvo allí cuando tuvo fiebre, cuando aprendió a caminar, cuando dijo su primera palabra, cuando tuvo miedo por la noche.
Sus ojos se humedecieron.
—Yo no estuve.
No supe qué decir.
—No voy a castigarte quitándote lo que más amas.
Una lágrima resbaló por mi mejilla.
—Gracias.
—Pero quiero recuperar todo lo que pueda.
Asentí.
—Entonces tendrás que empezar desde hoy.
Lily recibió el alta al día siguiente.
Cuando salíamos, Adrian apareció con una bolsa.
—¿Qué es eso?
—Un soborno.
Lily abrió los ojos.
—¿Para mí?
—No deberías admitirlo tan rápido —le dije.
Dentro había un estetoscopio de juguete.
Lily gritó de felicidad.
—¡Ahora yo también soy doctora!
Lo primero que hizo fue apoyar el estetoscopio sobre el pecho de Adrian.
—Respira.
Él obedeció solemnemente.
—Otra vez.
Respiró.
—Tengo el diagnóstico.
—¿Y cuál es?
Lily pensó.
—Tienes un corazón muy ruidoso.
Yo casi dejé caer el bolso.
Adrian me miró.
—Probablemente sea hereditario.
Durante las semanas siguientes, Adrian entró poco a poco en nuestra rutina.
Nunca presionó.
Al principio era “el doctor Adrian”.
Venía a tomar café.
Llevaba libros para Lily.
La acompañaba al parque.