En parte porque Luca estaba aprendiendo que cuidar no era decidir.
Una vez mandó a cambiar las cerraduras de mi apartamento después de que alguien intentó entrar al edificio.
Me enfurecí.
—No puedes hacer eso.
—El propietario aceptó.
—No me importa.
—Era seguridad.
—Era mi casa.
—Sophie.
—No.
Se quedó callado.
Después dijo:
—Tienes razón.
—¿De verdad?
—Sí.
—Eso fue rápido.
—He tenido entrenamiento intensivo.
Al día siguiente hizo que reinstalaran las cerraduras originales y me entregó el contacto de una empresa para que yo eligiera si quería otras.
Así funcionábamos.
Él se equivocaba.
Yo gritaba.
Él aprendía.
A veces yo también.
Un año después de su despertar, volvimos juntos al hospital.
No como paciente.
La fundación Bellini iba a financiar un programa de rehabilitación neurológica.
Yo puse una condición cuando me lo contó.
—Sin tu nombre enorme en la pared.
—¿Por qué?
—Porque la gente enferma no necesita recordar quién pagó cada vez que entra.
—¿Una placa pequeña?
—Muy pequeña.
—Negociadora despiadada.
—Aprendo de pacientes difíciles.
Entramos a la antigua habitación 608.
Estaba vacía.
Luca se quedó junto a la cama.
—No recuerdo mucho.
—¿De esos meses?
—Fragmentos.
—¿Qué fragmentos?
—Tu voz.
Sentí calor en el pecho.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Qué recuerdas?
Pensó.
—Que odiabas los domingos porque la cafetería cerraba temprano.
—Correcto.
—Que una residente llamada Megan te volvía loca.
—Sigue haciéndolo.
—Que una vez dijiste que si despertaba y resultaba ser insoportable, te sentirías estafada.
Me cubrí la cara.
—No recuerdo haber dicho eso.
—Yo sí.
—Estaba inconsciente.
—Eso creías.
Reí.
Después él se puso serio.
—También recuerdo aquella noche.
—¿Cuál?
—La última.
Sabía.
—Me dijiste que me quedara.
Miré la cama.
—Sí.
—Durante mucho tiempo pensé que desperté por eso.
—Eso sería médicamente ridículo.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Ahora creo que simplemente necesitaba algo a lo que regresar.
La frase me atravesó.
—Luca…
—No digo que me salvaras.
Me miró.
—Sé que odiarías eso.
—Mucho.
—Los médicos me salvaron.
»Mi cuerpo sobrevivió.
»Pero tu voz fue la única cosa durante esos meses que no sonaba como si mi vida fuera una operación, una estrategia o un problema.
No supe qué decir.
—Para ti era una persona.
—Eras mi paciente.
—Exacto.
Sonreí.
—Qué romántico.
—Estoy mejorando.
Dos años después, Anthony Bellini fue condenado por cargos relacionados con el atentado, conspiración financiera y otros delitos.
Doyle cooperó a cambio de una reducción de condena.
El caso de Matteo también se reabrió.
Su muerte fue oficialmente reclasificada.
No devolvió a Luca a su hermano.
Pero le devolvió la verdad.
Eso importó.
Luca vendió parte de los negocios familiares.
Cerró otros.
Convirtió las operaciones legales en una compañía mucho menos interesante.
—Te estás volviendo aburrido —le dije.
—Ese es el objetivo.
—Estoy orgullosa.
—Terrible insulto.
Una noche fuimos al cementerio donde estaba Matteo.
Luca dejó una botella pequeña de refresco junto a la lápida.
—¿Qué es eso?
—Lo odiaba.
—Entonces ¿por qué?
—Yo también.
Lo miré.
—Hermanos.
—Exacto.
Se sentó en un banco.
—Durante años pensé que había fallado porque no le creí.
—Fallaste en ese momento.
Me miró.
—Gracias.
—No voy a mentirte.
—Lo sé.
—Pero un error no significa que seas responsable de todo lo que pasó después.
—Estoy aprendiendo.
—Despacio.
—Mucho.
Me tomó la mano.
Tres años después de la noche en que despertó, Luca me propuso matrimonio.
No fue en un yate.
Ni en un restaurante.
Ni con cien guardaespaldas formando un corazón, gracias a Dios.
Fue en mi cocina.
Yo llevaba pijama.
Él estaba intentando cocinar.
Mal.
—¿Qué estás quemando?
—Nada.
—Puedo olerlo.
—Ignora eso.
Me giré y lo vi con una caja pequeña.
—Oh.
—Eso sonó aterrador.
—Porque tienes algo detrás quemándose.
—Sophie.
Apagué el fuego.
—Ahora.
Respiró.