Mi esposo llevó a un desconocido a casa y me pidió que lo dejara quedarse solo una noche.

—Me lo encontré en el camino. No tiene dónde quedarse.

Daniel respondió demasiado rápido, como si hubiera preparado aquella explicación de antemano. Michael levantó la cabeza.

—No le causaré ningún problema. Me marcharé temprano por la mañana.

Su voz era tranquila, pero había algo doloroso en su mirada. Observaba nuestra cocina como si ya hubiera estado allí antes.

No quería parecer cruel. Teníamos una pequeña habitación de invitados y la lluvia arreciaba afuera.

Sin embargo, durante la cena noté varias cosas extrañas.

Michael sabía dónde guardábamos los vasos. Cuando quiso beber agua, abrió el armario correcto sin preguntar. Después, su mirada se detuvo en el pequeño reloj de madera que estaba junto a la ventana.

—¿Todavía funciona? —preguntó.

Me quedé paralizada. Aquel reloj había pertenecido al difunto padre de Daniel. Nunca se lo habíamos mostrado a nadie. Daniel intervino rápidamente.

—Probablemente haya visto antes un reloj parecido.

Michael guardó silencio.

Aquella noche tardé mucho en conciliar el sueño. Daniel estaba acostado a mi lado, pero podía notar que él tampoco dormía. Después de la medianoche escuché pasos en el pasillo.

Abrí ligeramente la puerta del dormitorio y vi a Michael de pie frente a una fotografía familiar colgada en la pared. En ella, Daniel tenía diez años y estaba junto a su madre y su padre. Michael levantó la mano hacia la fotografía, pero no llegó a tocarla. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué está haciendo aquí? —pregunté.

Se volvió bruscamente.

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