Vieron a un adolescente de pie en el tribunal. Luego se leyó la frase y todo cambió.
En una sala silenciosa, un joven acusado recibió una pena de prisión tan larga que se extendió mucho más allá de su vida normal, dejando la sala en un silencio atónito.
Las familias de las víctimas expresaron dolor e ira y describieron vidas alteradas permanentemente por los crímenes. Para ellos, la sentencia representaba responsabilidad y protección.
Al mismo tiempo, la defensa presentó una imagen diferente —una juventud en desarrollo, moldeada por las circunstancias, todavía capaz de cambiar a pesar de graves irregularidades.
Cuando el juez anunció una sentencia de cientos de años, el momento tuvo un peso que pocos en la sala pudieron procesar por completo.