Si la comida llegaba tarde, me culpaba a mí misma. Si su voz se volvía fría, yo hablaba aún menos. Si me miraba como si yo le perteneciera, me decía que quizá todos los esposos eran así cuando nadie los observaba.
Entonces llegó la boda de la hija de unos vecinos.
En nuestro pueblo, las bodas pertenecían a todos. Las mujeres llevaban comida, mantas, flores y telas para decorar la habitación de la novia. Incluso las familias pobres querían que sus hijas comenzaran la vida matrimonial rodeadas de color y esperanza.
Aquella mañana, mi suegra abrió un baúl y me entregó dos piezas de tela.
—Lleva esto a la casa de la novia —me dijo—. Pueden usarlo para la decoración.
Yo no las robé. No las escondí. Las llevé con su permiso, pensando únicamente que estaba ayudando a otra joven a prepararse para el día más feliz de su vida.