En la casa de la novia, las mujeres reían, acomodaban almohadas, colgaban telas en las paredes y bromeaban cariñosamente con la nerviosa novia. Durante un rato, olvidé la pesadez de mi propia casa. Reí con ellas y sentí que pertenecía a algún lugar.
Por la tarde, Mehmet Ali se enteró de lo de las telas.
Cuando regresó a casa, no gritó. Eso me asustó todavía más. Se quedó de pie en la entrada y me miró con un silencio que me heló las manos.
—¿Dónde están las telas? —preguntó.

—Tu madre me las dio —respondí—. Para la habitación de la novia.
Su rostro cambió.
—Mi madre no decide lo que sale de mi casa.
Mi suegra intentó intervenir.
—Yo le dije que las llevara.
Él la miró una sola vez y ella guardó silencio.
Fue entonces cuando comprendí que aquello no tenía nada que ver con las telas. Estaba furioso porque yo había hecho algo sin temerle primero.