Unos minutos más tarde, me ordenó que fuera con él.
—¿Adónde? —pregunté.
—Al campo.
Quería negarme. Quería correr de regreso a la casa de la boda, donde había mujeres, voces y testigos. Pero yo era una esposa joven en un pueblo donde a las mujeres se les enseñaba que desobedecer al esposo podía causar más vergüenza que sufrir por su culpa.
Así que lo seguí.
El camino parecía interminable. Detrás de nosotros todavía podía escuchar las risas lejanas procedentes de la boda. Con cada paso, aquellas voces se hacían más débiles, hasta que solo quedaron el viento, el polvo y el hombre que caminaba a mi lado.
Entonces vi lo que llevaba consigo.
Una herramienta agrícola afilada.
Mi cuerpo lo comprendió antes de que mi mente pudiera aceptarlo. Me dije que solamente quería asustarme. Me repetí que ningún hombre destruiría realmente a su esposa por dos piezas de tela.