Porque el miedo en sus ojos me decía que el peligro no había terminado en aquella carretera.
La había seguido hasta aquella habitación del hospital.
Los agentes comenzaron a hacer llamadas.
Los médicos volvieron a examinarla una y otra vez.
Las enfermeras se movían en silencio alrededor de la cama.
Pero yo solo podía pensar en aquella silla de ruedas bajo la lluvia.
En la carretera embarrada.
En la oscuridad silenciosa.
Y en la persona que se había marchado en coche creyendo que Elena jamás despertaría para contarle a nadie lo que había sucedido.
Antes de abandonar el hospital, miré su habitación una última vez.
Dormía bajo mantas calientes.
Respiraba con tranquilidad.
Y su mano descansaba segura entre las manos de una enfermera.
Por primera vez desde que la había encontrado, ya no parecía abandonada.