Miré desesperadamente a mi alrededor.
Pero no había nada.
Solo lluvia.
Oscuridad.
Mi coche.
Y aquella mujer en la silla de ruedas.
Le di mi ubicación lo mejor que pude.
“¿Está respirando?”, preguntó la operadora.
“Sí”, respondí. “Apenas.”
“Quédese con ella. La ayuda ya está en camino.”
Seguí hablándole porque tenía miedo de que, si dejaba de hacerlo, abandonara este mundo antes de que llegara la ambulancia.
“Por favor, quédate conmigo”, susurré. “Ya no estás sola. Por favor, resiste.”
Pero dentro de mí, junto al miedo, empezaba a crecer la rabia.
¿Quién podía hacer algo así?
¿Quién podía abandonar a una anciana indefensa junto a una carretera vacía bajo una lluvia helada?
No tenía manta.
Ni bolsa.
Ni teléfono.
Ni comida.
Ni siquiera una nota.
Nada que indicara que alguien quería que la encontraran.
Nada que demostrara que le importaba a alguien.