Parecía como si alguien la hubiera dejado allí esperando que la noche terminara el trabajo.
Cuando finalmente llegó la ambulancia, las luces rojas se reflejaron sobre la carretera mojada y tiñeron de rojo el barro que nos rodeaba.
Dos paramédicos corrieron hacia nosotros.
Uno comprobó su pulso.
El otro le levantó un párpado y alumbró su ojo con una linterna.
El primer paramédico me miró y luego observó la carretera vacía detrás de mí.
“¿Así la encontró?”, preguntó.
“Sí.”
“¿Sola?”
“Completamente sola.”

Su expresión cambió.
Ya no era solamente preocupación.
Era sospecha.
La envolvieron en mantas térmicas y la levantaron cuidadosamente de la silla.
Los observé mientras la subían a la ambulancia y durante un momento pensé que mi parte había terminado.
La había encontrado.
Había pedido ayuda.
Debería haber regresado a casa.
Pero no pude.