de que no lo haga.”
La verdad que tenía que decir
No podía contárselo a Anna por teléfono. Eran pasadas las once de la noche cuando volví a pararme frente a su puerta, apretando las cartas contra el pecho. Anna abrió.
—Está viva —dije—. Encontré a nuestra hija.
Se quedó paralizada.
—¿La encontraste?
—Se llama Rebecca.
—¿Rebecca?
—Mi Rebecca. La hija que Carol y yo adoptamos.
Anna se llevó las manos a la boca.
—Dios mío.
—Tiene una buena vida.
—¿Familia?
—Dos hijos varones.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Soy abuela.
—Sí.
Se dejó caer en el escalón del porche y empezó a llorar. Me senté a su lado hasta que por fin se secó el rostro.
—¿Ella sabe algo de mí?
—No.
—¿Se lo vas a decir?
Rebecca había enterrado a Carol hacía apenas unas semanas. Y ahora tenía que decirle que la mujer a la que