Mientras se arreglaba en una antigua casona rentada para la ceremonia, uno de los aretes de su madre rodó hasta el fondo. Vero se arrodilló con el vestido blanco, metió medio cuerpo debajo del colchón y, justo cuando lo encontró, escuchó abrirse la puerta.
Reconoció los zapatos de Adrián.
Los otros tacones pertenecían a Karla, una supuesta compañera de trabajo que había ayudado a organizar la boda.
—¿Y si empieza a recordar? —preguntóKarla.
Adrián soltó una risa seca.
—No recordó nada en nueve años. ¿Por qué tendría que hacerlo precisamente hoy?
Vero sintió que se le congelaban las manos.
Nueve años atrás, cuando tenía veintitrés, había despertado en un hospital de Puebla sin recordar el accidente que destruyó a su familia. Le dijeron que había conducido de madrugada por una carretera de la Sierra Norte, que el auto derrapó en una curva y chocó contra un árbol.
Su hermana Lucía,