salvo.
Rachel.”
Doblé la carta.
—Ella sabía que podía morir.
—Los médicos le dijeron que había riesgos.
—¿Por qué?
—Tenía problemas médicos y el embarazo había sido complicado.
—¿Y tú no me dijiste nada?
—No.
—Sigo enojada contigo.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—Lo sé.
Miré hacia la habitación.
—¿Puedo verla?
James no sonrió.
No celebró.
Solo preguntó a una enfermera.
Una trabajadora social vino primero.
Eso fue importante.
Nos explicó que aquella bebé no era simplemente nuestra porque Rachel hubiera escrito una carta.
Había procedimientos.
Había que intentar establecer la situación del padre biológico.
Había familiares que debían ser considerados.
Había decisiones judiciales y evaluaciones.
Y, sobre todo, había una niña cuyo futuro no debía decidirse únicamente por nuestra emoción.
Escuché todo.
Después pregunté:
—¿Puedo verla?
La enfermera nos permitió entrar.
La bebé estaba envuelta en una manta blanca.
Era diminuta.
Tenía cabello oscuro pegado a la cabeza.
No sentí inmediatamente