quitaron aquella noche. La otra tardó nueve años en regresar.
Lloró mucho.
Pero el dolor era diferente.
Era dolor por extrañar.
No culpa.
Y descubrió que el duelo, incluso siendo pesado, permite respirar.
La culpa injusta no.
Durante los meses siguientes regresaron más recuerdos.
Lucía riéndose mientras cocinaban.
Su padre ajustándole la correa del reloj.
Su madre preparando café de olla losdomingos.
Pequeñas escenas que durante años habían permanecido enterradas detrás del accidente.
Vero comenzó a escribirlas en una libreta.
Temía volver a perderlas.
Un día comprendió algo doloroso: Adrián no sólo le había quitado a Lucía aquella noche.
Se la había quitado por segunda vez al convertir todos sus recuerdos en culpa.
Ahora su hermana volvía a existir como una muchacha alegre, impaciente, escandalosa y llena de planes.
No sólo como una muerta en una carretera.
La relojería también cambió.
Antes había sido el lugar donde Verónica se escondía