Mientras buscaba un arete debajo de la cama antes de casarme, escuché a mi prometido decirle a otra mujer: “En menos de un año ya no podrán hacerme nada”. Entonces entendí por qué quería casarse conmigo después de 9 años cuidándome y consolándome por la muerte de mi hermana. Salí sin decir una palabra, llamé a un abogado y llevé conmigo dos relojes idénticos… pero sólo uno se había detenido aquella noche.

del mundo.

Ahora era simplemente el trabajo que amaba.

Don Ernesto empezó a retirarse poco a poco. La edad hacía temblar unas manos que durante décadas habían sido exactas.

Una mañana le dijo:

—Mis hijos hicieron su vida lejos y ninguno quiso aprender el oficio. Este taller necesita alguien que entienda que un reloj no se arregla a golpes. Se escucha,se observa y se tiene paciencia.

Miró a Vero.

—Quiero dejártelo.

Ella lloró.

Años atrás aquel anciano había recibido a una joven rota que entró con un reloj descompuesto entre las manos.

Sin saberlo, también había comenzado a repararla a ella.

Tiempo después, cuando don Ernesto murió, Verónica heredó el taller.

Lo despidió como se despide a un padre.

Una tarde de verano apareció en la puerta una muchacha de dieciocho años llamada Mariana.

Traía un reloj de pulsera roto.

—Era de mi mamá —dijo—. Murió hace poco. Me

dijeron que usted arregla cosas que otros consideran imposibles.

Verónica reconoció inmediatamente aquella mirada.

La de alguien demasiado joven cargando demasiado dolor.

—Pasa.

Mariana se sentó junto al banco de trabajo.

Vero abrió el reloj, revisó el mecanismo y sonrió.

—Tiene arreglo.

Mientras trabajaba notó que la muchacha observaba cada movimiento con fascinación.

—¿Nunca has pensado aprender?

Mariana abrió mucho losojos.

—¿Yo?

—Tienes las manos firmes.

La joven miró sus propios dedos.

—No sé nada de relojes.

Vero recordó las primeras palabras de don Ernesto.

—Yo tampoco sabía.

Mariana empezó a ir algunas tardes.

Primero barría.

Después clasificaba piezas.

Luego aprendió a abrir mecanismos sin perder los pequeños tornillos.

Un año más tarde ya podía reparar sola algunos modelos sencillos.

Y así, sin planearlo, Verónica terminó haciendo por otra persona lo mismo que alguien había hecho por ella.

En una repisa del taller seguían los dos relojes de su padre.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *