El de Lucía permanecía detenido.
El suyo, durante mucho tiempo, también permaneció marcado a las 12:45.
Hasta una noche.
Vero lo tomó, abrió la tapa, limpió cuidadosamente el mecanismo y volvió a darle cuerda.
La manecilla de los segundos tembló.
Luego avanzó.
Uno.
Dos.
Tres.
Verónica comenzó a llorar.
Durante años había pensado que mover aquellas manecillas sería traicionara su hermana.
Finalmente entendió lo contrario.
Lucía no había muerto para que ella muriera también.
Dejar detenido el reloj no conservaba a su hermana.
Sólo conservaba el accidente.
Vero puso nuevamente el reloj en su muñeca.
Las manecillas siguieron avanzando.
El pasado no desapareció.
La cicatriz tampoco.
Pero el tiempo volvió a pertenecerle.
Porque algunas personas sobreviven a una tragedia.
Otras sobreviven también a la mentira que alguien construyó alrededor de esa tragedia.
Y quizá la parte más difícil no sea descubrir quién destruyó tu vida.
Quizá sea entender que,