Mientras buscaba un arete debajo de la cama antes de casarme, escuché a mi prometido decirle a otra mujer: “En menos de un año ya no podrán hacerme nada”. Entonces entendí por qué quería casarse conmigo después de 9 años cuidándome y consolándome por la muerte de mi hermana. Salí sin decir una palabra, llamé a un abogado y llevé conmigo dos relojes idénticos… pero sólo uno se había detenido aquella noche.

no parecía el hombre impecable de la boda. Tenía ojeras, barba crecida y esa expresión de alguien que llevaba varios días perdiendo el control.

Aun así, sonrió.

La misma sonrisa paciente que durante nueve años había hecho sentir segura a Vero.

—Por fin te encuentro.

Ella dejó las pinzas sobre la mesa.

—¿Qué quieres?

—Hablar. Entender qué pasó. Me dejaste plantado frente a toda la familia. Había comida, invitados,fotógrafo… ¿Sabes la humillación que fue?

Vero casi se rio.

Después de todo aquello, seguía hablando de su humillación.

—Escuché la conversación con Karla.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué conversación?

—Estaba debajo de la cama cuando entraron. Escuché todo.

Adrián se quedó quieto.

Vero vio el instante exacto en que comprendió que mentir ya no serviría.

Se sentó lentamente.

—Entonces hablemos como adultos.

—Habla.

—Sí, yo conducía. Había tomado. Pero fue un accidente, Vero. Yo no quería matar a Lucía.

—Después del

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